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Cuando nos volvamos a encontrar

Género, diversidad sexual y cambio social.

De un día para otro quedaron prohibidos los besos, los abrazos, estrecharse la mano, así como verse y compartir con la familia y los amigos. Pero cada vez cuesta más sostener este distanciamiento porque el contacto refuerza la identidad, las historias compartidas y la esencia de los vínculos.

Cuando nos volvamos a encontrar
El estudio Solidaridad de Profamilia encontró que durante los primeros 21 días de cuarentena (2020), el 73% de las 3.549 personas encuestadas se sintió más deprimida y ansiosa de lo habitual.

En marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) decretó la pandemia que ya conocemos. Desde entonces, la mayoría de personas ha vivido momentos difíciles, especialmente aquellas LGBT que al estar obligadas a mantener una convivencia tan estrecha con familias que rechazan su orientación sexual o identidad de género, han pasado por maltratos, violencia física y psicológica. También están las que tenían como único espacio seguro a su pareja y amigos y no han podido verlos ni compartir como usualmente lo hacían. (Ver: Covid-19 y personas LGBT: respuestas a preguntas frecuentes).

Parte de las dificultades que se han vivido tiene que ver con el mandato, de un día para otro, de que quedaba prohibido salir, así como los besos, los abrazos, estrecharse la mano y otros gestos cotidianos de saludo y afecto.

De hecho, uno de los retos de estos tiempos ha sido incorporar cambios de hábitos. Lo que antes era un simple saludo espontáneo a una persona, ahora debe ser un acto muy pensado que puede ser causa de estrés. “No sabemos si poner el puño, el codo ni qué distancia física le resulta cómodo a la gente, cuando antes el máximo dilema era si el saludo era de beso o de mano. También, cuando estamos en una reunión donde uno es la única persona con tapabocas, están las preguntas de: ¿será que me lo quito así no me sienta cómoda o será que le digo a los demás que se lo pongan?”, explica Cecilia Cracco, doctora en Psicología Clínica y directora del departamento de Psicología clínica y de la salud en la Universidad Católica de Uruguay.

La restricción para abrazar y compartir con amigos y familia ha sido determinante. Por supuesto, la tecnología ayuda, pero en un plano más profundo, afectivo, no es suficiente. “Por suerte, seguimos necesitando ese intercambio que solo pasa cuando estamos con el otro porque la comunicación por una pantalla nos deja carentes de la información que aportan los gestos o el lenguaje no verbal. Y esto es en esencia el vínculo humano o lo que nos acerca: poder sentir lo que el otro está sintiendo”, afirma Cracco.

Una manera de suplir ese vacío es apostarle, más que a mensajes escritos por WhatsApp, a conversaciones telefónicas o por otras plataformas audiovisuales porque le agrega una voz, un tono que la hace más humana. Así se evita una comunicación cada vez más empobrecida centrada en emojis que no dicen nada de mí, ni del otro, ni de qué nos está pasando. Es una comunicación muy fugaz, que no genera recuerdos ni historias compartidas ni anécdotas y todo esto crea nuestra historia vincular.

En algunos países la ausencia de contacto físico no tiene mayores repercusiones, pero en buena parte de latinoamericana donde por la calle se ven letreros de “abrazos gratis” y gente que va a buscarlos, es parte fundamental de la comunicación. Según Marcela Losantos, doctora en Psicología Clínica y coordinadora del Instituto de Investigaciones en Ciencias del Comportamiento de la Universidad Católica Boliviana San Pablo (La Paz), el abrazo va más allá del contacto físico: es el reconocimiento de uno a través del reconocimiento del otro.

Los abrazos disparan la dopamina, un neurotransmisor asociado a la felicidad.

En Uruguay, por ejemplo, no hay una cultura de los abrazos tan asentada, pero sí está la del mate. “Quizás ese abrazo que en Colombia es tan importante, en Uruguay equivale a una ronda de mate donde nos sentamos a charlar incluso con gente que no conocemos. Fue muy duro cuando nos dijeron que ya no podíamos tomar más mate juntos”, señala Cracco.

Para Robert Pérez, doctor en Salud Mental Comunitaria y profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República de Uruguay, el problema de fondo es que desde que se decretó la pandemia, el mensaje que socialmente se ha instalado es la metáfora de la guerra. “La idea de que tenemos que defendernos para que nadie nos contagie. Hay que cuidar la salud física pero también la mental y ese miedo que se ha difundido puede dejar efectos a largo plazo”. (Ver: Covid-19 y personas LGBT: respuestas a preguntas frecuentes sobre salud).

“El virus tarde o temprano pasará, pero el problema es que se ha instalado la idea del otro como amenaza”, Robert Pérez, doctor en Salud Mental Comunitaria.

También, agrega, se ha posicionado la idea de que en la cotidianidad no estamos en contacto con seres humanos sino con “organismos” que deben estar asépticos para que no nos contagien. “Estamos construyendo mensajes de enfrentamiento y perdiendo la noción de humanidad o de personas que van más allá de tener un organismo, viendo cualquier contacto como amenaza”, afirma Pérez.

Al principio de la pandemia, continúa este especialista, se puso un letrero de “peligro” en niños y niñas porque se decía que la mayoría no tenía síntomas, pero transmitían el virus. “Eran como pequeños gérmenes que iban a contagiar a la humanidad. Y los niños van construyendo su visión de mundo de lo que ven en los adultos, de la manera como se relacionan con ellos”.

Según Pérez, nadie discute el uso permanente del tapabocas, el lavado frecuente de manos ni el distanciamiento físico, pero la clave está en vivir ese distanciamiento sin percibir al otro como amenaza sino pensando más bien en cómo cuidarme, pero también en cómo cuidar al otro.

“Para mantener el distanciamiento físico hay que estrechar el vínculo social. No hay que distanciarnos literalmente”, Robert Pérez, doctor en Salud Mental Comunitaria.

Para Cracco, en la pandemia se han valorizado comportamientos que antes pasaban inadvertidos como compartir físicamente con otros. “Cada vez cuesta más sostener el distanciamiento porque ese contacto refuerza nuestra identidad e historias”. Ese distanciamiento, agrega, ha implicado soledad, depresión, ansiedad y alteraciones en el sueño relacionados con la imposibilidad de conversar tranquilamente con otra persona, de reunirse y de tener momentos familiares sin sentir angustia de contagiarse.

Los adolescentes se han visto particularmente afectados por el distanciamiento social. “Son numerosos los cuadros depresivos porque es un momento de la vida en el que ellos empiezan a sentir como una ganancia estar afuera con sus pares. Y pueden estar percibiendo que están echado para atrás”, añade Cracco.

Cuando nos volvamos a encontrar
Un sondeo realizado por la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana entre mayo y junio de 2020 a 1.000 jóvenes de Bogotá, entre 18 y 24 años, señaló que el 68,12% de los encuestados había padecido episodios de depresión y el 53,3%, de ansiedad.

En este segundo pico de contagios pudo tener que ver el agotamiento con esta medida y algunas personas empezaron a reunirse. “Hay gente que le gusta interactuar más y a otra menos, pero necesitamos del otro para vivir, somos seres sociales”, añade Losantos.

Otra población que se ha visto particularmente afectada son los adultos mayores. En muchos casos su tema de conversación era lo que habían hecho en su día: salí a tal parte, compré tal cosa o me encontré con la vecina. Y ahora que esto es especialmente complicado para esta población, se ha agudizado la soledad en la que muchas veces se vive esta etapa de la vida.

“Hay gente que se va a morir de soledad, de angustia, de tristeza, pero como no es de coronavirus, no entra en las estadísticas”, Robert Pérez, doctor en Salud Mental Comunitaria.

Para Pérez, parte del problema está en haber identificado a los adultos mayores como “grupo de riesgo”, en vez de hablar de “conductas de riesgo”, desconociendo que hay adultos mayores que dicen: “yo tengo 90 años, si no me muero por el coronavirus, me voy a morir por cualquier otra cosa, pero no quiero morirme solo”. Extrañan los abrazos, pasar tiempo con sus nietos.

Según este especialista, buena parte de los hogares geriátricos los cerraron con la falsa ilusión de garantizarles mayor protección a los adultos mayores, “como si el personal de servicio no entrara y saliera a diario y no utilizara transporte público, como si fuera posible mantener a esta población en una burbuja”.

También, entre las poblaciones más afectadas están los adultos que han tenido que combinar su trabajo con la escuela de sus hijos en casa y con el sostenimiento del hogar. Vivir este distanciamiento social en la misma casa ha aumentado la intensidad de los vínculos, causando un sobrecalentamiento de las relaciones en circunstancias que no eligieron y en un contexto lleno de incertidumbre.

Para muchas personas ha estado bien compartir en familia y disfrutar de espacios que antes no tenían, pero cada quien necesita momentos a solas y salidas que oxigenen. Al mantener el contacto por tanto tiempo, a la gente le empiezan a molestar cosas del otro y viceversa, se activa la intolerancia y, sin espacios para cada quien, las personas terminan abrumadas.

Durante la pandemia se han sobrepuesto los espacios laborales y los domésticos: parecen uno solo.

Antes de la pandemia, cuando una persona no tenía una buena relación de pareja, simplemente se iba para el trabajo, cambiaba de ambiente y regresaba por la noche. Esta parte de su vida no era tan evidente. “Pero el aislamiento les ha puesto una lupa a estas situaciones llevando a que muchas personas noten el vínculo que realmente tienen y piensen si esto es lo que realmente quieren para sus vidas”, señala Cracco.

Papás y mamás de niños de primera infancia (cero a seis años), han presentado ansiedad, depresión y estrés porque se han sentido sobrecargados. “Criar niños requiere de una red de apoyo, empezando por la escuela, y este tiempo ha sido muy desafiante para quienes no la tienen”, señala Losantos. A esto se suman las preguntas de si me irán o no a echar del trabajo o si la plata alcanzará hasta fin de mes. Las situaciones de estrés económico afectan la capacidad de establecer vínculos de pareja de calidad.

“Todo esto nos hace menos capaces de cuidar la calidad de nuestras relaciones”, Cecilia Cracco, doctora en Psicología Clínica.

Estas situaciones han disparado la violencia intrafamiliar porque no solo ha significado tener un espacio cerrado sino más caótico, lo que hace que las personas tengan respuestas más agresivas. “Muchas mujeres no han denunciado estas situaciones porque si se van de sus casas, ¿a dónde llegan? O tampoco han tenido un momento a solas para hacerlo”, dice Cracco. (Ver: El reto de que la cuarentena no dispare más la violencia de género).

Tarde o temprano está pandemia terminará, pero después vendrá un periodo de adaptación porque ha sido un tiempo marcado por pérdidas humanas, económicas, profesionales y en vínculos. “En términos de bienestar y salud mental también va a requerir un tiempo porque la ansiedad y depresión no cambian de la noche a la mañana. Tampoco el cambio es tan rápido para las personas que tienen conductas obsesivas con el lavado de manos, el uso del tapabocas y la distancia social”, afirma Cracco.

Pero si de algo ha servido esta pandemia, agrega Losantos, ha sido para reflexionar sobre el estilo de vida que cada quien tenía. “Nos la pasábamos pensando en el trabajo o corriendo de un lado para otro, agotados, y todo esto nos llevó a bajar la velocidad. Muchos papás y mamás redescubrieron a sus hijos. Fue volver a conocernos porque antes vivíamos en la misma casa, pero llegábamos cansados del trabajo a pegarnos a las redes sociales y eso había distanciado a las familias. Si esta experiencia se sabe capitalizar, algo habremos ganado”.

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