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La silenciosa lucha de Laura Weinstein

Periodista de la Universidad del Rosario. Orgulloso de pertenecer a la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género. Aliado del feminismo de tiempo completo. Siempre lleva un libro y una revista en su maleta. Le encanta tomar fotos con el celular. Sueña con hacer una maestría en estudios de género y seguir en la lucha por un mundo diverso e igualitario. @agualaboca

La directora ejecutiva de la Fundación Grupo de Acción y Apoyo a Personas Trans (GAAT) parece no ser consciente de lo que su trabajo significa. ¿Puede alguien convertirse en activista y no darse cuenta de que lo es?

Fotos y vídeo: @andresgofoto de @goteam.media

Laura Weinstein, directora ejecutiva de la Fundación Grupo de Acción y Apoyo a personas Trans (GAAT).

La noche es fría pero eso no impide que un grupo de mujeres salga en falda y camiseta a la calle. Acaban de terminar un taller en el Centro Comunitario LGBT, una casa de dos pisos ubicada en el barrio Teusaquillo, en Bogotá.  (Ver: Centro comunitario LGBT de Chapinero: cuando Bogotá salió del clóset).

— Gracias Laurita — dice una mujer que se acerca para despedirse de beso en la mejilla.

Se refiere a Laura Weinstein, directora ejecutiva de la Fundación Grupo de Acción y Apoyo a personas Trans (GAAT), quien fuma un cigarrillo para calmar el frío.

Lleva puesta una chaqueta y unos tenis de lona rojos que combinan con un moño del mismo color que envuelve su cabeza a manera de regalo. Suelta una bocanada, una sonrisa y un aparente regaño que dirige hacia la mujer.

— Deje de andar peleando que no quiero ver más sangre — le dice Laura.
— Laurita es que a veces toca. Allá va Natalio. Allá va Paolo. Me tienen mamada — le responde la mujer.
— Grabe con el celular que ese no solo sirve para tomarse fotos. También, para tener pruebas — anota Laura.

La mujer se ríe y se va. Debe ir a trabajar. Ejerce el trabajo sexual. Cuando no son los “bicitaxistas”, es la policía quien le hace la vida imposible.

— ¡Ay, estas chicas! Una de las formas que ellas tienen para defenderse es el uso de la fuerza. Hay que comenzar a trabajar en eso porque no podemos combatir la violencia con más violencia — me explica Laura.

Siempre que ve casos como este se acuerda del primer ejercicio que hizo con mujeres trans, el cual le permitió entender lo vulnerables que son y las condiciones de inseguridad que enfrentan. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

Fue en el año 2010. Las llevó al Museo de Arte del Banco de la República a ver Habeas corpus: que tengas [un] cuerpo [para exponer], una exposición que reflexionaba sobre el cuerpo.

Laura quería que las chicas se detuvieran a pensar en sus propios cuerpos. Todas iban muy bien vestidas y muy maquilladas. Para muchas era su primera visita a un museo. (Ver: Diferentes formas de ser trans).

Al llegar, los detectores de metales de seguridad comenzaron a pitar. Todas se miraron sorprendidas. Les hicieron abrir las carteras y salieron cuchillos y navajas.

— Ellas no salen sin eso para defender sus vidas. Eso nos hizo prender las alarmas. Nos dimos cuenta de la necesidad de comenzar a trabajar en herramientas de denuncia con las que ellas entendieran que no podíamos seguir así, porque simplemente llevaba a que nos mataran — dice Laura. (Ver: Violencia contra las personas LGBT, ¿hasta cuándo?).

***

Su trabajo en el GAAT es una forma de honrar su infancia, un periodo que estuvo marcado por la soledad, la rabia, la violencia y la discriminación.

Siete de la noche. Miércoles. Barrio Chapinero, Bogotá. Una calle oscura entre la Carrera 13 y la Avenida Caracas. Un edificio viejo lleno de locales comerciales.

— Buenas noches, voy para el GAAT— le digo al portero quien abre una carpeta donde lleva el registro de visitantes.
— ¿Nombre?, ¿cédula? Siga al segundo piso— me responde.

La puerta es de vidrio y está cubierta con un papel azul celeste. En letras pequeñas y rosadas se lee “GAAT” en la parte superior. Es una oficina pequeña y sin ventanas. En una esquina hay unas sillas de plástico amontonadas.

En una mesa hay una bandera trans (cinco franjas horizontales del mismo tamaño que se intercalan de la siguiente manera: azul celeste, rosado pálido, blanco, rosado pálido, azul celeste). En las paredes, fotos en blanco y negro de mujeres trans parisinas de los años cincuenta.

Laura abre la puerta. Pelo alborotado y suelto. Nada de maquillaje. Brackets. Buzo de algodón. Jeans. Tenis. Sencilla.

— Hola querido. Iba a fumar un cigarrillo —
— Te acompaño —

Por estos días hay una historia que la tiene triste y preocupada: una mujer trans que por su identidad de género estaba amenazada salió escondida dentro de un canasto desde Buenaventura (Valle del Cauca) hasta Tumaco (Nariño). Allí la amenazaron nuevamente y se desplazó hacia Bogotá, dejando atrás a su único compañero: un perro.

— Siempre me pregunto por qué no hay una mirada sobre los casos de desplazamiento de personas trans que están solas, no en grupo. Como son amenazadas, sus familias piensan que están en riesgo y les piden que se vayan. Muchas llegan a las grandes ciudades a vivir en la calle — aclara Laura.

Casos como este que llegan todos los días al GAAT — más su propia historia — la llevaron a trabajar para que las personas trans puedan vivir tranquilas donde sus derechos, sus voces y sus cuerpos sean respetados.

Su trabajo es una forma de honrar su infancia, un periodo que estuvo marcado por la soledad, la rabia, la violencia y la discriminación. También, una forma de que nadie tenga que pasar por lo que ella vivió.

— Estamos muy contentos en esta sede, pero fue toda una historia conseguir un espacio. Cada vez que explicábamos que somos una fundación que trabaja con personas trans nos preguntaban: “¿y eso qué es?”

— Respondíamos y nos decían que para eso no arrendaban. El celador a veces todavía nos mira mal, pero no hemos recibido maltratos — señala Laura.

Laura llegó al GAAT cuando tenía dos años de creado, en 2009. En 2010, la coordinadora se fue y el cargo quedó vacante. Sus compañeras la propusieron para que asumiera el puesto mientras llegaba un reemplazo que nunca apareció. Acaba de cumplir siete años como directora ejecutiva.

— Cuando la conocí me llamó la atención su fortaleza procedente de una espiritualidad muy marcada — recuerda Daniel Verástegui, psicólogo que recibió a Laura cuando ella llegó al GAAT y quien con el tiempo se convirtió en uno de sus mejores amigos.

“Laura tenía un discurso que se apartaba de lo tradicional frente a las mujeres trans. Lo llevaba a un plano espiritual”, Daniel Verástegui.

Laura le ha puesto su sello a su cargo como directora. Aunque en un principio en el mismo GAAT había prejuicios frente a las mujeres trans que ejercen el trabajo sexual, Laura se fijó la meta de superarlos. Finalmente, el 90 por ciento de las mujeres que llegan a la fundación ejercen este trabajo para ganarse la vida. (Ver: Chao prejuicios).

— Tenemos que reconocer a las mujeres trans que ejercen la prostitución. Muchas personas dicen que debemos cambiar el discurso, ser más estratégicas.

— Y sí, es cierto que ya podemos caminar un poco más por las calles, pero la realidad sigue siendo la misma de hace unos años. Entonces, ¿por qué vamos a cambiar nuestro discurso? — pregunta Laura.

Laura dice que sobrevivió al colegio porque siempre supo que iba a crecer y que nunca más iba a tener que ver a esa gente que le hizo esa etapa tan difícil.

Cuando Laura tenía unos 13 o 14 años se escapaba por las noches y se paseaba por la Carrera 15 entre las calles 93 y 100, una zona de Bogotá conocida por ser el lugar de trabajo de muchas mujeres trans. Las descubrió cuando iba en el carro con su papá y vio a unas mujeres grandísimas con ropa diminuta.

— Papá ¿ellas quiénes son? — preguntó.
— Son unos travestis — le respondió.

No entendió. Le preguntó entonces a uno de sus hermanos quien le dijo que eran maricas: hombres vestidos de mujeres. “Qué interesante, yo no estoy tan mal”, pensó ella. (Ver: Hombres que se “vuelven” mujeres).

Sí. Esas mujeres eran como ella y fue así como encontró un referente con el que podía identificarse. Decidió visitarlas. Al principio la sacaban corriendo, pero con el tiempo se ganó su confianza y se convirtió en su amiga.

Se enteró de sus vidas, las escuchó y fue testigo de las golpizas y los maltratos a los que eran sometidas por la policía. Les echaban agua, les quitaban las pelucas. A veces regresaban golpeadas tres días después. A veces no volvían nunca.

El GAAT tiene varias líneas de trabajo. La “Patrulla Trans” se encarga de atender casos de violaciones de derechos humanos: asesinatos, desplazamientos forzados, golpizas, expulsiones de colegios y de trabajos y barreras para acceder al sistema de salud y hasta para cambiarse el nombre. Casos siempre hay, recursos para enfrentarlos no. (Ver: El detrás de cámaras del decreto del cambio de sexo en Colombia).

También hablan de paz. El año pasado, en pleno proceso de paz y plebiscito, se denominaron “Embajadoras trans por la paz”. En La Habana (Cuba) la palabra “trans” no se nombró para no asustar a la opinión pública, pero el GAAT tomó la vocería e hizo pedagogía: querían contarle al mundo quiénes eran y cómo el conflicto las había afectado.

“Para hablar de paz, hay que hablar de personas trans”

La columna vertebral de la fundación es el grupo de apoyo. Cada sábado en el Centro Comunitario LGBT hay reunión. Laura siempre está allí, sin falta. Hay un grupo para adultos y otro para niños, niñas trans y sus papás.

— Cuando una persona trans logra que su familia y sus redes de apoyo la acompañen en este proceso, su vida es otra. Tiene el 90 por ciento de su vida asegurada, el 10 por ciento restante lo pone ella — explica Laura. (Ver: El día en que nació David Alexis).

Y lo dice con conocimiento de causa. Ha sido testigo de varias historias. Recuerda con emoción la primera visita que hizo a la casa de una niña trans que había pasado por muchos procesos con psicólogos y trabajadores sociales.

Fue con una compañera del GAAT. La pequeña abrió la puerta y les preguntó: “¿Quién de ustedes fue la que se convirtió en mujer? Es que yo no me quiero operar porque eso debe doler mucho. Lo único que me preocupa son mis manos, que no van a ser femeninas porque mi papá las tiene muy grandes”.

Luego de hablar con la niña, Laura le dijo a la mamá: “Aquí la que necesita apoyo es usted, ella tiene muy claro quién es”.

— A Laura se le ve la alegría en el grupo de apoyo — dice Daniel Verástegui. Significa la oportunidad de escuchar a papás y a mamás que dicen: “Estoy orgullosa de mi niña”. Son espacios muy lindos. Y no son grandes eventos, son cosas pequeñas.

El éxito del GAAT radica en la humanidad, en el trabajo con las familias, en la sencillez.

— Con todo lo que han hecho, al GAAT pudo pasarle lo de muchas organizaciones que comienzan como grupo de apoyo, pero apenas les da por gestionar proyectos se olvidan del apoyo — dice Niki Vargas, amigo de Laura.

Pero Laura tiene claras las dos “A” del GAAT: apoyo y atención. Y más allá de ser activista, es la parcera. Primero necesita sentarse y preguntarte por tu vida, por tus problemas, por tu familia, por tus sueños.

***

Laura habría podido alejarse del judaísmo, como sucede con muchas personas LGBT, quienes al no encontrar un espacio que las reciba como son, terminan por distanciarse de las religiones. Ella tomó la decisión de acercarse.

Un resumen de su infancia contaría que nació en Bogotá en una familia judía. Que es la menor de siete hermanos y el que le sigue le lleva 14 años. Ese resumen no hablaría del año en que nació. No comparte esa fecha, y no porque piense que está vieja, sino porque cree que decirla es perder algo que solo le pertenece a ella.

Diría que su infancia fue un infierno. Que era malísima en todas las materias. Que pasó muchas horas en consultorios de psicólogos. Que esos psicólogos eran sus enemigos. Que sufría al ver la cara de su mamá en las terapias.

Que le gustaba orinar sentada hasta que una compañera le dijo a un profesor. Que desde entonces iba al baño vigilada y la obligaban a usar los orinales. Que detestaba los recreos porque siempre estaba sola. Que una vez cometió el error de decir que el papá de alguien le parecía guapo. (Ver: El bullying por homofobia debe salir del clóset).

Que un hermano le decía que con su caminado podía reconocerla a 10 cuadras. Que en su casa no hay fotos de cuando era pequeña porque le recordaban que era muy afeminada.

Que nunca la invitaron a una piñata en el colegio. Que la primera vez que fue a una tenía 15 años porque llevó a una sobrina. Que la única clase que le gustaba era la de historia porque la profesora era muy brava y no dejaba hablar a nadie, lo que significaba un espacio de seguridad y tranquilidad en el que nadie la jodía.

Que sobrevivió al colegio porque siempre supo que iba a crecer y que nunca más iba a tener que ver a esa gente. Y que todos eran unos malditos. (Ver: ¡Listos los resultados de la primera encuesta de bullying LGBT de Colombia! 9 voces opinan).

Y sobrevivió. A los 17 años se fue a estudiar historia judía a Israel. Ella dirá que fue la forma que su familia tuvo de deshacerse de ella. Cierto o no, esa experiencia cambió su vida.

Se encontró con otras realidades, sobre todo con una en la que le decían que estaba bien ser como ella era. En medio de una charla, un rabino le dijo que a Dios no le importaba qué se pusiera ni cómo se viera.

— Eso para mí fue increíble. No podía creer que un rabino me hubiera dicho eso. Fue bonito. Me dio muchas luces. Si a Dios no le importa, pues ¡hagámosle! — recuerda Laura.

Regresó al país a mostrarle al mundo quién era. Algo que siempre supo. A ser Laura Frida Weinstein. Laura porque siempre quiso llamarse así, porque le parecía bonito. Frida en homenaje a su abuela, la mujer que la defendió. La que decía: “No molesten al muchachito. Déjenlo ser feliz”.

Regresó también con una relación mucho más cercana a Dios y al judaísmo, religión que, en vez de alejarla, como muchas suelen hacerlo con las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT), le abrió un espacio. (Ver: Diversidad sexual y nuevas alternativas espirituales).

Todo el mundo tiene una razón de existir. No tengo la más mínima idea de por qué vine a este mundo, pero hay un porqué”.

— ¿Le preguntas a Dios, lo cuestionas? — le digo.
— Sí. Hablo con él y le cuestiono sobre por qué con tanto poder permite que pase lo que pase. Pero también entiendo que los seres humanos estamos en procesos de aprendizaje y que si no terminamos de aprender, nos vamos a aniquilar solitos.

— Dios no tiene la culpa de los actos perversos que cometen los seres humanos. Él nos dio libertad y tú decides que haces con ella: si quieres ser bueno o si quieres hacer daño — me responde.

En una columna titulada Comprendiendo los asuntos transgénero en la ética judía, el rabino David Teutsch, PhD y director del Centro de Ética Judía del Colegio Rabínico Reconstruccionista en Wyncote, Pennsylvania, señala que en El Talmud (interpretación de las leyes judías) hay referencias a categorías que van más allá de lo masculino y de lo femenino.

Por ejemplo, el tumtum, alguien con genitales ocultos o subdesarrollados; los andróginos, personas con órganos masculinos y femeninos; el eylonit, mujeres masculinas y los saris, hombres femeninos.

Laura habría podido alejarse del judaísmo, como sucede con muchas personas LGBT, quienes al no encontrar un espacio que las reciba como son, terminan por distanciarse. Pero ella tomó la decisión de acercarse y de dejarse sorprender.

En uno de sus primeros acercamientos, una organización argentina la invitó al Limud, un evento en el que la comunidad se encuentra, guarda la dieta judía y comparte un espacio de diálogo.

Ella habló sobre la visión LGBT en la comunidad judía. La invitaron a leer La Torá (cinco libros de la Biblia donde se expresan los 613 preceptos que todo judío debe cumplir. Es la ley de Dios).

Allí pasó algo que no esperaba. Las personas judías tienen dos nombres: con el que las bautizan, y otro, el hebreo, que les ponen a las mujeres cuando nacen y a los hombres cuando les realizan la circuncisión. Le preguntaron por su nombre hebreo y ella quedó muda.

Nunca había tenido la oportunidad de pensar en un nombre femenino. Entre los asistentes comenzaron a preguntarse: “¿Cómo le ponemos?”. Decidieron bautizarla Sara. Ahora, Laura usa este nombre para ocasiones especiales de la fe judía, como leer La Torá.

Esta situación contrasta con la realidad de muchas personas trans, quienes luchan no solo con trámites engorrosos para cambiar su nombre en sus documentos de identidad, sino también con sus familias y con la sociedad, quienes insisten en llamarlas por sus “nombres macabros” (expresión con la que conocen a los nombres que les pusieron al nacer, no a los que ellas escogieron). (Ver: “¿Cómo es tu nombre real?” Y otras preguntas impertinentes).

***

El grupo de acción y apoyo a personas trans (GAAT), organización en la que Laura se desempeña como directora, trabaja por una vida digna y plena en derechos de las personas trans y sus redes de apoyo.

Laura ha cambiado la vida de muchas familias de personas trans. Lo paradójico es que no ha logrado hacer lo mismo con la suya. Con su papá nunca se llevó bien. Solo pudo conversar con él un día antes de que muriera.

Sus hermanos no aceptan que sea mujer. Uno de ellos ha llegado al extremo de invitarla a su casa pero advirtiéndole que vaya como hombre.

A ella eso no parece importarle porque, en últimas, cuenta con el apoyo de su mamá, quien tal vez no sepa la diferencia entre ser lesbiana, gay y trans, pero quien aprendió a reconocer que tiene una hija que dirige una fundación. Eso vale y mucho.

— Lo más importante para mí es que mi mamá esté presente. Una vez me la llevé al barrio Santafé. Íbamos a salir a ver las luces navideñas con un grupo de chicas. Una niña de 17 años se sentó al lado de mi mamá y le contó que no podía ir porque tenía que trabajar. “Yo puteo”, le dijo.

— Mi mamá me preguntó: “¿qué es putear?”. Yo le respondí que esa chica era prostituta. “Laura usted que hace tanto, ¿no va a hacer nada por ella?“, me preguntó. Habló de esa chica durante dos días seguidos — recuerda Laura.

— ¿De dónde sacas fuerza para enfrentarte a tantas historias? — le pregunto.
— A estas alturas creo que necesito un psiquiatra. No es fácil. Te frustras, te llenas de resentimiento, pero te das cuenta de que tu trabajo tiene una razón. Así que lo hablas, lo comentas con alguien y sigues — me explica Laura.

Tiene un “consejo de sabios” compuesto por sus amigas y amigos más cercanos. — El grupo de apoyo que coordina Laura dejó de ser el grupo de apoyo que también la ayudaba a ella. Laura lo adora, pero no es su lugar para contar intimidades, no es su lugar de llanto ni de ser vulnerable. A ella le tocó abrir un grupo de apoyo adicional que somos sus amigos — dice Niki Vargas.

En su vida ya no hay miedo. Ni siquiera a la muerte. O tal vez sí hay uno: a la vejez. La directora ejecutiva del GAAT que trabaja porque a las personas trans no las maten y vivan más allá de los 35 años — el promedio de vida que tienen en América Latina — quiere vivir hasta los 55. La decisión está tomada.

— Pienso mucho en mi vejez. No quiero pasar por lo que tuvieron que hacer muchas de mis compañeras: retroceder en sus tránsitos para volver a donde sus familias. No me peleé toda una vida contra el mundo para retroceder en el último momento. A los 55 años yo me voy de viaje cósmico — concluye.

#ReligiónMásDiversidad, proyecto apoyado por la Fundación Open Society Institute en cooperación con el Programa para América Latina de Open Society Foundations.

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