La soltera, el divorciado y los “amigos”: la mesa de los desterrados

La soltera, el divorciado y los “amigos”: la mesa de los desterrados

Diseñadora de formación y tramposa por vocación, nunca aprendió las tablas de multiplicar. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|
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¿Quién dijo que si una persona tiene 39 años y vive sola es una “solterona amargada”? ¿O que si optó por casarse muy joven, no disfrutó la vida? Todos deberían poder tomar la decisión con la que sean felices, libres de presiones sociales.   

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 Curiosamente, en “la mesa de los solteros” siempre hay espacio para Ernesto y Lucas, quienes llevan años juntos, pero la familia insiste en llamarlos “amigos”. Foto: Gretchen Lee con Creative Commons.

39 años pasaron y el “príncipe azul, estandarte en mano y montado en el caballo blanco, nunca apareció. Y no fue por falta de pretendientes ni tampoco porque lo hubiera decidido. Sencillamente la vida fue llevando a mi amiga Paula por caminos distintos a los de la mayoría de sus contemporáneas.

Se enamoró varias veces. Algunos momentos la pasó muy bien, otros mal y unos pocos creyó que había llegado el amor de su vida. Pero por alguna razón, las circunstancias la empujaban por una puerta giratoria arrojándola a un presente muy distinto.

Paula llegó al “cuarto piso” sin casarse ni convivir con alguien. Y vive feliz: tiene amigos, viaja, estudia y se gana la vida por medio de su gran pasión: la fotografía.

Todo eso, a pesar de las caras de espanto de sus familiares y de uno que otro conocido. Uso la palabra “espanto”, porque como lo dije en una entrada anterior, hay personas para quienes el matrimonio o la vida en pareja son requisito para la realización personal.

La mesa de los solteros

¿De dónde vendrá la idea de que el matrimonio o la vida en pareja resultan obligatorios para ser feliz? ¡Vaya uno a saber! Sin embargo, parece que muchos dedos ajenos están atentos a señalar y, algunas mentes inquietas, a hacer conjeturas: “Ella no se casó, porque ¡con ese genio!” o “Él es muy tímido y no sabe cómo conquistar mujeres”.

Sigue siendo “raro”, que alguien se decida a construir su proyecto de vida sin casarse, o que se divorcie y no se vuelva a juntar con alguien más. En el imaginario colectivo se instaló la imagen del “solterón” y la “solterona”, como seres que arrastran frustraciones y amarguras.

Hace poco, Paula recibió la invitación a un matrimonio. Cuando llegó al salón de la fiesta, empezó a buscar su nombre entre las mesas. Lo encontró en una a la que el organizador de la boda bautizó coloquialmente: “la mesa de los solteros”.

En una esquina oscura y alejada, a la que para llegar los meseros debían hacer travesías, los “solteros fueron ubicados e invitados a comer y a levantar sus copas, sonriendo desde el destierro social.

En “la mesa de los solteros” también había espacio para Luisa y Germán, quienes están divorciados, y para Ernesto y Lucas, quienes llevan muchos años juntos, pero la familia insiste en llamarlos “amigos”.

“La mesa de los solteros” se convirtió en el centro de atención. Cuando la novia anunció el sorteo del ramo, el animador gritaba por el micrófono: “¡Qué se levanten los solteros de la mesa!, ¡a despertarse!, ¡que vengan a la pista a ver si entienden que la vida es en serio!”.

El matrimonio “sub 30”

Por su parte, las vidas de Mariano y Verónica son muy diferentes: no se conocen, tienen edades y nacionalidades distintas y no tienen nada en común, excepto que ambos han trabajado conmigo y que se casaron muy jóvenes.

“No. Mauro no es mi novio, es mi esposo”, me dijo Vero cuando le pregunté cuánto llevaban de novios. “Me casé a los 19 años”, respondió. “¿Qué?, ¿en serio?”.

Me sorprendió muchísimo. Cuando ella se casó, apenas éramos unos jóvenes que cerrábamos la puerta de la oficina para subirle el volumen a la música y ponernos a saltar, como si estuviéramos en nuestro cuarto. Sin embargo, Verónica ya era una mujer casada.

“¡Uy no, qué pereza!, ¡tantas cosas que se habrá perdido en la vida!, ¡qué responsabilidad tan grande!”, pensé prejuiciosamente cuando supe que ya había chuleado el matrimonio. No obstante, el tiempo fue cambiando mi pensamiento.

Ese mismo asombro regresó hace poco, cuando conocí a Mariano, mi nuevo compañero de trabajo, quien acaba de ser padre por segunda vez. “¿Y viven juntos?”, le pregunté. “Sí, claro. Me casé con ella a los 21 años, llevo 12 de casado”.

Entonces vi la situación de otra manera. Ahora me parece maravilloso que exista gente con convicciones y amores tan fuertes, que puedan asumir compromisos firmemente desde las primeras décadas de su vida.

Matrimonio y marcha final

Mi amiga Gisela tiene un concepto muy curioso del matrimonio, o mejor, de cualquier evento que oficialice una unión. Ella vive con Sebastián desde hace siete años. Formaron una familia y han pasado por miles de experiencias.

“Yo no me quiero casar”, me dice. “Para mí tiene más sentido que nos casemos cuando estemos viejos. Si llega a haber una ceremonia, que sea la confirmación de todo lo que hemos vivido”, asegura. Su teoría me parece muy interesante. Es un planteamiento opuesto al modelo de matrimonio como el principio de todo.

Me encanta asomarme a las infinitas ideas que cada uno tiene sobre con quién y cómo compartir su vida. Ideas de todos los estilos, como la de Carolina y Pablo que aunque viven juntos prefieren tener cada uno su propio cuarto o, como Gaby, que quiere un compañero de vida, pero sin hijos y viviendo sola.

Todas las rutas y destinos son diferentes, pero no por eso menos apasionantes ni encantadores. Simplemente, a elección de quien los recorre.

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