Decir “no”: un privilegio de los hombres

Decir “no”: un privilegio de los hombres

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
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Es diciente que un momento peligroso en la vida de muchas mujeres sea cuando le dicen “No” a un hombre. Por esto celebro y agradezco a las que diariamente pueden pronunciarlo.

Decir "no": un privilegio de los hombres
Decir “no” es un ejercicio de poder y privilegio. Por eso, pocas mujeres podemos decir “no” sin jugarnos la subsistencia o la vida. Foto: Mario Klingemann con Creative Commons.

El mayor acto de libertad es decir ‘no’ frente a lo inaceptable“, es una de las frases más célebres del escritor francés Albert Camus (1913 – 1960).

Ese “no” de Camus, como el de muchos otros hombres en la historia y la vida cotidiana, ha sido celebrado como un acto de defensa de los principios personales, la dignidad o la justicia. Es una muestra de carácter, un gesto de valentía.

Pero lo que Camus y su frase parecen ignorar es que decir “no” es un ejercicio de poder y de privilegio. Por eso muy pocas mujeres y, en muy pocas ocasiones, podemos decir “no” sin jugarnos la subsistencia o la vida.

Quien dice “no” es quien enfrenta al estatus quo, quien se rebela y transforma. Es quien, como dice Camus, tiene la capacidad de identificar, denunciar y rechazar “lo inaceptable”. Históricamente eso ha sido una prerrogativa masculina.

Han sido los hombres quienes determinan qué es aceptable y qué no y quienes deciden los términos de dicha rebelión.

Por el contrario, a las mujeres (y a otras minorías) nos ha costado y nos sigue costando esfuerzo y sangre, no solo desafiar esos conceptos, sino lograr que nuestras demandas sean reconocidas como legítimas.

Lo que es “inaceptable” para las mujeres lo ha sido pocas veces para los hombres y, con frecuencia, es minimizado como parte del orden natural de las cosas. Un caso reciente y relativamente venial de este desbalance respecto a lo que resulta aceptable o no según el género, es el estudio de la “píldora masculina”.

Por años, las mujeres hemos estado presionando para que salga al mercando una pastilla anticonceptiva para hombres. El producto existe pero no fue aprobado por la FDA (la agencia que regula los medicamentos en los Estados Unidos).

¿El motivo? Los efectos secundarios de los cuales los hombres se quejaron: aumento de peso, acné y cambios en los estados de ánimo. Exactamente los mismos que tiene la pastilla anticonceptiva femenina.

Sin embargo, durante décadas los científicos nos han dicho a las mujeres que esto es “normal” y que, simplemente, debemos “manejar” los síntomas. Por el contrario, los hombres consideraron que dichas molestias eran inaceptables y la píldora no fue aprobada hasta que no haya más investigación sobre cómo disminuirlas o erradicarlas.

La anécdota puede parecer trivial, pero es diciente. En mayor o menor medida (dependiendo del contexto y el tiempo) a las mujeres se nos presentan como realidades irremediables, aquellas que son resultado de una estructura social jerárquica y desigual.

nos enseñan que estamos en el mundo para complacer a los hombres y con el tiempo aprendemos el precio de la desobediencia.

En la iglesia, el colegio, los asados familiares y a veces hasta en las cortes, se pregona que la sumisión, la capacidad de sacrificio, la debilidad y la dependencia son nuestras mejores y más naturales características. Por eso se nos penaliza cuando intentamos anteponer nuestro bienestar físico, emocional, sexual o laboral al de los demás. (Ver: Feminicidio: crónica de una muerte anunciada).

Decir “no” es afirmar nuestra individualidad y nuestro valor como personas. Es dejar de ser objetos y defender nuestra capacidad de agencia y proyecto de vida. De ahí que cuando lo hacemos, con frecuencia pagamos las consecuencias: nos ridiculizan, nos despiden, nos violan o nos matan.

En la cotidianidad, la mujer que dice “no” a las necesidades de los demás y defiende su tiempo e intereses es tildada de egoísta, desconsiderada, perfeccionista, altanera, amargada o mal miembro de familia.

En el terreno profesional las cosas no son mejores. Según María Adelaida Perdomo, cofundadora de Aequales, “las mujeres ocupamos el 10% de los puestos de presidencia y menos del 20% de las posiciones en juntas directivas en las empresas”. Y cifras del DANE muestran que en 2016 la desigualdad de salarios entre hombres y mujeres alcanzó un 28%.

Libros como el popular Vayamos adelante, las mujeres, el trabajo y la voluntad de liderar de Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook, han popularizado la idea de que esta desigualdad es nuestra culpa pues no somos lo suficientemente asertivas.

Si las mujeres aprendiéramos a “negociar como hombres, nuestra situación laboral mejoraría”. Sin embargo, la evidencia contradice a Sandberg. Es cierto que las mujeres negociamos con mucha menor frecuencia nuestros salarios de ingreso.

Por ejemplo, un estudio reciente con estudiantes recién graduados de posgrado en los Estados Unidos mostró que solo el 7% de las mujeres negociaron su salario inicial, mientras el 57% de los hombres lo hizo.

Pero estudios complementarios han demostrado que existen razones para ello: cuando las mujeres intentamos negociar somos percibidas como “malagradecidas” o “demasiado ambiciosas” y se nos penaliza con salarios más bajos que los de las mujeres que no pretendieron negociar e incluso con el retiro de la oferta laboral.

En el plano sentimental las cosas no son mejores. Equiparar el amor romántico con el control y la sumisión es en gran parte responsable de que la desigualdad sea vista como algo normal en nuestra sociedad. Esa falsa equivalencia pone en riesgo la vida de miles de mujeres cada año y tiene consecuencias irreparables para muchas de ellas. (Ver: La media naranja y otras trampas del “amor verdadero”).

Sólo en 2015 se registraron en Colombia 47.248 casos de violencia contra las mujeres. El 47% de estos el agresor era el compañero permanente y el 29%, su expareja.

Las agresiones contra las mujeres suelen tener un componente  adicional de sevicia.

El deseo de ejercer un control definitivo sobre el cuerpo y la vida de las mujeres se traduce en ataques que pretenden dejar marcas permanentes o en feminicidios que en la mayoría de los casos quedan impunes.

Tristemente los ejemplos abundan. El 23 de diciembre de 2016 un hombre en Neiva inscribió sus iniciales en el cuerpo de su expareja con un herrete de marcar ganado, y el brutal ataque a Natalia Ponce de León ha traído a la conciencia nacional las aterradoras cifras de mujeres atacadas con ácido en el país. (Ver: Ataques con ácidos y el machismo de cada día). 

Los casos son extremos pero representativos. Junto con Pakistán e India, Colombia ocupa uno de los primeros puestos a nivel mundial en ataques de ácido contra mujeres y pese a la aprobación de la Ley Rosa Elvira Cely (2015) que tipifica el feminicidio y castiga hasta con 50 años de prisión a los asesinos de mujeres, en Colombia hay en promedio 4 feminicidios diarios y la impunidad es del 90 por ciento. (Ver: La convivencia pacífica con el machismo). 

La sabiduría popular minimiza esta situación y disfraza el maltrato de amor. “Porque te quiero te aporreo“, nos dicen desde niñas y “si no te cela no te quiere” nos siguen diciendo en la adolescencia.

Después las frases van cambiando, pero la lógica es la misma: las mujeres nos merecemos la violencia que se ejerce en nuestra contra: ¿si no le gusta que la maltraten por qué no lo deja?

Sin embargo, una vez más, los estudios muestran que las mujeres tienen razón en temer terminar una relación abusiva en una sociedad que perdona la violencia en las prácticas cotidianas y en las cortes de justicia.

Las investigaciones sobre feminicidio han demostrado que las mujeres que dejan a una pareja abusiva tienen un 75% más de probabilidad de ser asesinadas.

Es tristemente diciente que el momento más peligroso para la vida de una mujer es cuando le dice “no” a un hombre, bien sea su pareja, compañero o conocido de la infancia. Es entonces cuando nos arrojan ácido como a Natalia Ponce, nos marcan con un hierro candente como a Erika o nos asesinan como a Rosa Elvira.

la estructura machista de la sociedad se niega a escuchar nuestros “no” al insistir en que son maneras taimadas de consentir.

Si Camus hubiera sido mujer, ¿cuántos habrían afirmado que, contrario a lo dicho en su frase, realmente quería decir “sí” a lo inaceptable y que, además, seguro hasta lo disfrutaba?

Dudo que a Camus se le hubiera pasado esto por la cabeza. Y precisamente por eso hoy celebro a las mujeres que han tenido y siguen teniendo la valentía de decir “no”. Aquellas que con su rechazo cambiaron la definición de “lo inaceptable” y defendieron su humanidad ante una sociedad que se las negaba.

Entre las muchas posibilidades, resalto a una monja mexicana, a una mujer que se negó a abandonar su asiento en un bus de los Estados Unidos y a una joven que tuvo la osadía de ir al colegio en Pakistán.

En 1691 sor Juana Inés de la Cruz escribió la Respuesta a Sor Filotea en la que hace una de las primeras y más lúcidas defensas del derecho a la educación de las mujeres en Latinoamérica.

Sor Juana, acorralada y perseguida por la ofensa que su inteligencia representaba para la iglesia y la sociedad de su tiempo, escribe un texto que es a la vez autobiografía de su camino hacia el conocimiento, defensa del derecho de acceder al saber y apología al rechazo de los paradigmas de género que pretendían imponérsele.

La Respuesta es un recuento de las veces que sor Juana dijo “no” a los roles de género de su tiempo y defendió su derecho y capacidad de aprender. Sor Juana dice “no” al matrimonio y se encierra en el convento a leer y escribir.

Cuando le quitan sus libros, sor Juana dice “no” a la comida y a la bebida e insiste en que el sustento intelectual es tan esencial para ella como el de su cuerpo.

Cuando intentan que se dedique a labores “femeninas” y le piden que actúe de nodriza, sor Juana se olvida de las niñas y, concentrándose en el trompo con el juegan, rosea harina en el piso para que “se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento”.

Finalmente, cuando la envían a la cocina, sor Juana se embelesa con el punto de la ebullición del agua y concluye que “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.

264 años después, el 1 de diciembre de 1955, una mujer negra de los Estados Unidos llamada Rosa Parks, dijo “no” al hombre blanco que le exigía que se levantara de su asiento y se fuera a la parte trasera del bus que era el lugar asignado para los afroamericanos bajo las leyes de segregación racial.

Rosa Parks fue enviada a prisión, y el incidente se convirtió en un catalizador del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos.

En el otro extremo del planeta, un 9 de octubre de 2012, un hombre abordó el bus escolar en el que se movilizaba Malala Yousafzai, una joven pakistaní de 14 años, y le disparó tres veces.

Malala se había atrevido a desafiar al régimen Talibán y a decir “no” al mandato que le ordenaba permanecer en silencio, afirmando, como en los tiempos de sor Juana, que la educación y la palabra eran privilegios exclusivos de los hombres.

Malala sobrevivió, se volvió una de las más influyentes activistas de los derechos de las mujeres —particularmente en el acceso a la educación— y en 2014, con solo 17 años, se convirtió en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz.

Además, también celebro y agradezco a las miles de mujeres anónimas que diariamente encuentran el valor de decir:

  • No al marido que sale antes que nosotras del trabajo pero espera que seamos nosotras las que nos ocupemos de la comida y los niños tras nuestro regreso.
  • No al hombre que no nos gusta pero que se cree con derechos porque pagó la cena y los tragos.
  • No al jefe que espera que seamos siempre nosotras las que organicemos las fiestas de la oficina y asume que trabajaremos por menos.
  • No a quienes nos dicen que no podemos amar a otra mujer y formar un hogar con ella.
  • No al mandato social de la maternidad obligatoria.
  • No al cura que insiste en que nos arrepintamos de nuestra sexualidad y nos tilda de pecaminosas.
  • No al policía que nos pregunta cuánto habíamos bebido y qué llevábamos puesto.
  • No al profesor que insiste en que le llevemos el trabajo final a la casa.
  • No al colega que cuenta el chiste sexista.
  • No al hombre que nos grita en la calle y nos manosea en el bus.
  • No al hermano que asume que seremos nosotras las que cuidemos a nuestros padres en su vejez.
  • No a la condena del trabajo no remunerado disfrazado de instinto maternal.

Todos estos “no” marcan la valentía de transformar las rutinas y presupuestos que constituyen nuestro horizonte de expectativas y delimitan nuestras oportunidades.

Estas negaciones diarias permiten afirmar nuestra humanidad e individualidad y construir un mundo en el que cada vez más mujeres tengamos acceso al esquivo privilegio de la autodeterminación. Es decir, poder escoger y priorizar en nuestro proyecto de vida sin sufrir violencia (física, psicológica o sexual) por ello.

Este trabajo colectivo contribuye a crear un mundo más equitativo al exigir que nuestros colegas, familiares, amigos y parejas asuman la responsabilidad necesaria para forjar una sociedad realmente igualitaria.

Una sociedad donde las mujeres también podamos nombrar —y luchar contra— lo “inaceptable” y donde decir “no” sea realmente un acto de libertad y no una amenaza a nuestra existencia.

Enlaces relacionados:

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Un mundo más allá del “¡enloquécelo en la cama en 5 pasos!”
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