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¡Somos gais y nos vemos como gais!

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En Colombia hace falta un feminismo queer para que los “homosexuales homofóbicos” dejen de repetir la censura que han sufrido y se olviden de cumplir la premisa impuesta de “marica sí, pero loca no. Que no se note lo gay”. Somos gais y nos vemos como gais.

Por: Camilo Del Valle Lattanzio*

Somos gais y nos vemos como gais
No esperemos tolerancia (que es un “quédese allí tranquilito” sin que se le note), sino respeto a la libertad de expresión, creencias y sexualidad de todas las personas.

Por esconder nuestra “mariconería” nos toleran vivos (como dijo la senadora Claudia López en un memorable discurso) pero con ciertas condiciones, como que no parezcamos lo que somos. Me refiero a un fenómeno especialmente gay, las lesbianas han tenido que pagar una cuenta aún más grande y cruel: el desconocimiento y la indiferencia. (Ver: ¿Dónde están las lesbianas?)

Al colombiano común le incomoda el hombre afeminado. Lo que se esconde detrás de esto es una clara misoginia, la misma que ha llevado a que el feminicidio y la violencia contra las mujeres se hayan naturalizado tanto como la guerra.

El problema radica en una mentalidad machista implícita en la cotidianidad colombiana. Y lastimosamente, la escena LGTBI no se escapa. Pero si queremos luchar contra casos como los de Yuliana Samboní o Natalia Ponce de León, tenemos que actuar desde nuestras casas. (Ver: Ataques con ácidos y el machismo de cada día).

Debemos comenzar por nosotros mismos, los hombres gais que perpetuamos con nuestro odio hacia la feminidad un problema que no solamente afecta a las mujeres, sino que forma parte de la columna vertebral de la homofobia en Colombia.

“El machismo misógino está tan interiorizado, como un tic, del que no nos damos cuenta”.

La palabra queer es un término que reevalúa dicotomías como “femenino” y “masculino”, así como la escala de valor sexista existente entre estos dos conceptos. (Ver: queer para dummies).

Los términos “masculinidad” y “feminidad” se subvierten y adquieren nuevas formas, y ese es tal vez el gran privilegio de optar por una posición queer: se acepta la pluralidad, se celebra la libertad de adquirir nuevas caras, se rompe el catálogo ya viejo de lo que tenemos que hacer o de cómo nos debemos ver para dejar que la multiplicidad del ser humano se exprese con libertad. (Ver: 10 dudas básicas sobre la cultura queer).

Sin embargo, en las escenas de hombres homosexuales en Colombia es normal utilizar expresiones como “echar plumas“, “si soy homosexual es porque me gustan los hombres, no las mujeres“, “masculino busca masculino“, “no locas“, etc.

Ser una “loca” es lo peor entre los gais en Colombia. Todas estas expresiones (que son aceptadas sin ningún tipo de objeción) tratan de suprimir una gran parte de la expresión del ser humano, poniendo lo “femenino” o todo lo que no cae en la categoría “masculino” en una zona externa: la de lo despreciable. (Ver: Busco hombre acuerpado, cero plumas).

Se repite la discriminación

El hombre homosexual “que echa plumas” cae en una subcategoría, la misma que ocupan las personas LGTBI en una sociedad donde predomina una heterosexualidad machista. Así, sin darse cuenta, las víctimas se vuelven victimarios, se segrega un grupo de personas y se deja de celebrar esa fiesta queer.

El homosexual homófobo (aunque parezca una contradicción) cae en dos errores comunes: repetir la homofobia y con esto una autocensura, y cumplir con lo que la sociedad machista espera de los homosexuales: que se toleran vivos pero bajo ciertas condiciones. “Marica sí, bueno, pero loca no; es que hay muchos maricas que se les nota mucho”. (Ver: “No soy marica, soy mariconcísimo”).

El homosexual acepta, entonces, las condiciones de los heterosexuales y vive escondido sin que “se le note”, despreciando así la libertad de expresión queer y diciendo tristemente: “somos gais, pero no parecemos”.

¿Hasta qué punto hemos llegado para que no nos parezca una desfachatez discriminarnos entre los discriminados?

El problema de esta discriminación es la misoginia que ve en lo femenino algo negativo, la pasividad despreciable que algunas veces viene hasta ser fetichizada, siendo el fetiche la otra cara de la discriminación.

La gente piensa que la homofobia es cuestión de no tolerancia o no aceptación. La homofobia toma caras mucho más sutiles que están en la misma “tolerancia”. Su origen radica en un problema que está incluido en la agenda feminista: el miedo a la mezcla de géneros, a lo indefinido, a lo afeminado.

No esperamos tolerancia (que es un “quédese allí tranquilito”), esperamos afirmación y una lucha en una agenda humanista que respete la libertad de expresión, creencia y sexualidad de todos los individuos. (Ver: A mí sí se me nota).

La tolerancia dice sí, que vivan, pero con varias condiciones: alejados, escondidos y, eso sí, sin tener los mismos derechos. La expresión “ser humano” es verdaderamente queer y forma parte de la agenda política que todo homosexual debe asumir.

Ser diferente ya nos incluye en una posición política, no se trata de un estilo de vida más, se trata de la obligación de tomar una posición feminista y en consecuencia humanista. (Ver: Hombres ¿feministas?).

La sociedad colombiana espera del hombre homosexual que se limite a la imagen de dos hombres heterosexuales que tienen sexo entre ellos (eso sí, a escondidas).

El porno, las revistas y otros medios han estilizado al hombre homosexual como si no fuera más que un hombre heterosexual “distinto”, pero que por ningún motivo subvierte la división de los géneros, juega con la feminidad, se pinta los labios y pone en peligro la ya muy vieja división entre los géneros.

Que parezcan heterosexuales

Los medios muestran a la sociedad homofóbica que los homosexuales no son “una amenaza tan grande” y que van a respetar los valores que siempre han defendido.

También hacen creer que se van a dejar domesticar y que no vienen a amenazar, bajo ninguna circunstancia, la vieja ley de género. Pero justo estos valores son los de la homofobia, aquellos que nos dejan al otro lado, en el de lo despreciable. Esa ley que cataloga y en donde no cabemos sino en el apéndice de las anormalidades, las desviaciones y las perversidades.

La sociedad solamente aceptará a dos Brad Pitts teniendo sexo (hasta hará de esto un fetiche) pero no aceptará que un hombre se revele de lo que esperan de él y opte por el juego de formas, gustos y personalidades.

Por eso en Colombia hace falta un feminismo queer que tenga por objetivo abordar la escena de hombres homosexuales ya muy infectada por los gérmenes de la homofobia.

El homosexual homofóbico es un problema mundial. Es allí donde la expresión “orgullo gay” se torna problemática.

En este país donde el homosexual se odia a sí mismo, no sorprende que personajes como el senador Roberto Gerlein, el exprocurador Ordóñez y el resto de homófobos sinvergüenzas no causen ni escozor en la mayoría de colombianos. (Ver: Aceptarse).

En un país donde las personas LGBTI todavía tienen que defenderse, con las uñas y los dientes, contra el odio, hay que encontrar una unidad en cuanto a lo queer, tomarse en serio los problemas internos de los homosexuales y decirle no a la homofobia y a la autocensura. (Ver: Soy gay… Pero masculino).

Se requiere una lucha contra la transfobia y la misoginia en la escena gay, lucha que vienen llevando a cabo muchas organizaciones en Europa donde este no es un problema menor.

¡Somos gais y nos vemos como gais! Como lo que somos. No ocultemos nuestras plumas, más bien desollemos esa coraza en la que se esconde la homofobia y celebremos con plumas de mil colores la pluralidad de las formas. ¡Más y más plumas para Colombia!

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* Literato y filósofo egresado de la Universidad de Viena (Austria) y candidato a doctorado en Alemania y Austria. Trabaja independiente como periodista para revistas online y como voluntario para la Berliner Aids Hilfe.

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