El plan B de Mauricio Toro

El plan B de Mauricio Toro

Periodismo, opinión y análisis LGBT.
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Emprendedor, conversador, amiguero, experto en innovación y novio de Sergio. Mauricio Toro tiene muy claro que para esquivar los mandatos sociales y poder ser quien es, hay que tener a mano un plan B. Este es el suyo.

Fotos: Pilar Mejía y archivo particular.

El plan B de Mauricio Toro: emprendedor, innovador y novio de Sergio
Mauricio Toro Orjuela nació en Armenia (Quindío) el 13 de junio de 1981. Actualmente es director de nuevos negocios de su empresa Rebus Technology. Foto: Pilar Mejía.

El plan A se da por hecho y empieza a regir desde el nacimiento: a las niñas las visten de rosado y a los niños de azul. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

Se asume que la persona es heterosexual, se casará, tendrá al menos dos hijos (“la parejita”), que hará carrera en una empresa (preferiblemente multinacional), vivirá en un apartamento amplio y propio, cambiará de carro cada año y tendrá una finca de descanso.

El precio de quedarse en el plan A es alto, aunque normalmente se paga en cuotas mensuales de apartamento, carro, finca y tarjetas de crédito. Optar por un plan B puede ser más satisfactorio, pero el precio que se paga suele ser mayor.

La cuenta de cobro viene a manera de frases como: “¿eres emprendedor? ¿Eso no es lo mismo que estar desempleado?” o “¿Cómo así que eres homosexual? ¿Será que no has encontrado a la mujer de tu vida?”. (Ver: La obligación de ser heterosexual).

Mauricio Toro, 35 años, de Armenia (Quindío). Empezó su vida chuleando buena parte de las casillas del plan A: cuando nació lo vistieron de azul y en su infancia jugó con carros, se metió en charcos y montó en bicicleta. Nada de cocinas ni muñecas.

A los 14 años se trasladó con su mamá y su hermano de Armenia a Cali (sus papás se divorciaron cuando él tenía siete años). El cambio de ciudad no solo le significó más calor sino pasar de un colegio mixto a uno masculino.

Cada vez que las profesoras se agachaban a recoger algo, los niños se enloquecían. Eso me impactó“. Además de vivir con las hormonas alborotadas, todo era a los empujones. Cualquier conflicto terminaba en pelea. Imperaba la ley de “primero yo”.

Obligatorio jugar fútbol

El plan A les exige a los hombres jugar fútbol como una manera de medir su masculinidad. Pero a Mauricio nunca le ha interesado correr detrás de un balón. (Ver: Bullying: ni inofensivo ni normal).

Sin embargo sabía, por lo que veía en un compañero, que no ser bueno en los deportes tenía un precio llamado matoneo. “Yo vivía muy angustiado de que me fuera a pasar lo mismo que a él. Le tiraban unos taponazos terribles y yo pensaba cuándo me tocará a mí“.

“Había estudiantes que se defendían, pero yo en ese momento no tenía el valor para hacerlo, así que opté por ser invisible”.

Optó por jugar fútbol lo mejor posible, así no le gustara. Y su estrategia en el salón: pasar desapercibido. Camuflarse. Volverse invisible. No se sentaba en la primera fila ni tampoco en la última. Se sentaba en la mitad, donde no era ni de acá ni de allá. “No formaba parte de nada, entre más callado pudiera estar, mejor“.

Aunque al principio no le gustó estudiar en un colegio masculino, lo agradeció cuando descubrió que no chulearía la casilla “heterosexual” estipulada en el plan A. “Como no había niñas, no tenía que andar detrás de ninguna para demostrarles a los demás que era heterosexual“.

El plan B de Mauricio Toro: emprendedor, innovador y novio de Sergio
Mauricio Toro es uno de los autores del libro “Qué transmite su marca”, sobre estrategias de comunicación. Foto: Pilar Mejía.

No es tan fácil escaparse del plan A. Por eso, aunque Mauricio sentía que le gustaban los hombres, tuvo novias. En esto influye el miedo de asumir la realidad. “Uno se pone una venda en los ojos y se le pasan muchas ideas por la cabeza: ¿será que me caso, tengo hijos y después me separo?“. (Ver: ¿Cómo salir del clóset?).

En esa búsqueda de no sufrir la sanción social que implica apartarse del plan A, la primera persona con la que tuvo un encuentro sexual fue con su novia de entonces. Tenía 16 años. Aunque fue algo bonito, le quedó claro que por ahí no era la cosa. “A mí lo que realmente me gustaba hacer con ellas era conversar“.

Borrón y cuenta nueva

Para no desviarse de lo previsto en el plan A, Mauricio viajó de Cali a Bogotá no solamente para estudiar Ciencia Política en la Universidad Javeriana sino para hacer borrón y cuenta nueva: ser Mauricio Toro, gay, sin novias. (Ver: “La vida me preparó para tener un hijo homosexual”).

Pero entró al mismo círculo que había dejado en Cali: amigos queriendo que saliera con la mejor amiga de la novia. La primera cita fue ir a preparar sushi con una exreina de belleza que un amigo y su novia le habían presentado. “Era el plan más romántico del mundo pero yo ni como sushi ni me gustan las mujeres“. ¿Qué hago aquí? Se preguntó una y otra vez.

Fue, entonces, cuando empezó a acercarse al tipo más cool de su semestre: el pinta, el macho hijo de militar y el mejor jugador de fútbol. El hombre modelo del plan A.

Me recogía, me llevaba dulces, llamaba a la novia y después me llamaba a mí y se quedaba a dormir en mi casa, aunque lo máximo que pasó fue que cuando se emborrachaba me decía cosas y me daba picos. Y yo era feliz“.

Después de terminar la universidad, su amigo se fue de intercambio y ahí fue cuando Mauricio dijo “definitivamente soy gay”, pero como suele pasar en el plan A, no tenía referentes al respecto más allá de los estereotipos y las frases desobligantes.

Pensaba que ser gay era sinónimo de rechazo y burla. Me preguntaba: ¿habrá gente como yo, con una vida universitaria más o menos parecida?”. Para ese entonces su hermano, siete años menor, ya tenía una novia estable y su mamá había empezado a preguntarle cuándo volvería a presentar una novia.

Por esos días Mauricio abrió una cuenta en la red social del momento Hi-5 y agregó a un chico que le pareció lindo. Empezaron a hablar y su primera reacción fue “lo voy a eliminar”, pero la curiosidad pudo más.

Una noche, ese nuevo amigo le dijo que estaba reunido con unos amigos, que fuera. “Me entró una angustia como si me fuera a meter en una cueva, como si algo muy malo me fuera a pasar“. Pero fue.

Cuando llegó se dio cuenta de que la reunión era en el edificio donde vivía una de sus mejores amigas. De inmediato pensó: “¿Qué tal que ella me vea y me pregunte para dónde voy y sepa que el tipo es gay y después le cuente a todo el mundo que yo estaba visitando a un gay que vive en su edificio?”.

Con esfuerzo y miedo se anunció. Su amigo bajó y empezaron a hablar. “¿Me dejas ver las llaves de tu carro?”, le preguntó. “Claro“, respondió Mauricio. Él las recibió y salió corriendo. “Si las quieres, tienes que subir“, le gritó mientras se alejaba.

¿El oscuro mundo gay?

No había alternativa. Subió. Cuando entró se encontró con una reunión de amigos en una sala cualquiera. “Estaban unas 10 o 15 personas que no tenían nada que ver con el oscuro mundo gay que yo tenía en mente“. Por primera vez se estaba enfrentando a una realidad: que había muchos hombres que le gustaban.

El plan B de Mauricio Toro: emprendedor, innovador y novio de Sergio
Desde muy niño Mauricio ha sido emprendedor, ha tenido varios negocios. Foto: Pilar Mejía.

Mauricio siguió hablando con su amigo de Hi-5, quien un viernes lo citó en un bar. Al llegar y notar que el sitio quedaba cerca de los lugares que frecuentaba con sus amigos heterosexuales, sintió pavor de que alguien lo viera en un sitio al que solamente entraban gais y lesbianas. (Ver: Derecho de admisión vs. discriminación en bares LGBT).

“Me sentía como si estuviera cometiendo un delito. Pero dije ‘hay que intentarlo’. Algo así como: solo por hoy miro y no más”.

Entró, se sentó y pidió un Cuba Libre. Pero no aguantó. Cuando se disponía a irse él llegó. Empezaron a hablar aunque Mauricio recuerda muy poco de esa conversación: estaba concentrado en identificar a cada persona que entraba al lugar.

Cada vez que alguien pasaba por esa puerta, sentía que me iba a dar un infarto“. Y una vez comprobaba que no la conocía, volvía a respirar en paz.

Con el tiempo, Mauricio se enamoró de ese primer amigo gay, el primero también en romperle el corazón. Lo bueno fue que gracias a él conoció a quien hoy es un buen amigo suyo, un periodista que estaba en el mismo proceso de salir del clóset. (Ver: Salir del clóset: justo y necesario).

Me acuerdo que estábamos muertos de los nervios el día de nuestra primera ida a Theatron“, señala Mauricio. (Ver: Theatron: entre la inclusión y la discriminación).

Juntos se fueron dando cuenta de que ser gay no era tan horrible como la sociedad les había hecho creer. Poco a poco Mauricio se fue relajando con el tema, pero por miedo a enfrentar la realidad también se fue alejando de sus amigos de la universidad.

Les sacaba excusas para vernos, iba a las reuniones 20 minutos y les decía que me tenía que ir y de ahí salía a verme con mis nuevos amigos“. Se iba para ese universo donde se sentía cómodo, donde no era un bicho raro o donde al menos había gente igual de rara a él. “Ahí descubrí qué era ser ‘normal’ para mí“. (Ver: “Yo era rara por principio”).

En el mundo gay Mauricio encontró lo mismo que en el heterosexual: unos hombres promiscuos, otros no; unos rumberos, otros no; unos que consumían drogas, otros no.

Un día que su mamá se iba de viaje, Mauricio organizó una fiesta en su casa. “Ella le dijo a la empleada del servicio que estaba preocupada porque no sabía en qué andaba yo porque ya no salía con los amigos de la universidad, que por favor le contara cualquier novedad“.

Cuando su mamá regresó, la empleada le dio el siguiente reporte: “tranquila, ese muchacho es muy juicioso, solamente vinieron unos 15 amigos, rumbearon y él se fue a dormir solo“. El problema era que su mamá quería oír todo lo contrario: que había llevado 20 amigas, que 10 se habían quedado a dormir y que había amanecido con tres.

Sergio, el amor

En una reunión donde su amigo periodista, Mauricio conoció a Sergio, con quien lleva diez años y quien tiene una hermana, Juanita, que es lesbiana.

El plan B de Mauricio Toro: emprendedor, innovador y novio de Sergio
Sergio León, el novio de Mauricio, es abogado. Llevan 10 años juntos y durante años Sergio fue uno de los líderes del Círculo LGBT Uniandino. Foto: Archivo particular.

Mi mamá me preguntaba ‘con quién vas a salir’ y yo le respondía ‘con Juanita’. Y efectivamente salía con ella, pero también con su hermano. En últimas, no le decía mentiras porque yo me quedaba a dormir en la casa de Juanita, no ‘con Juanita’“.

Pero el día de la verdad llegó. Mauricio apareció en su casa a las cinco de la mañana después de una rumba, se quitó los zapatos para no hacer ruido y apenas abrió la puerta se encontró de frente con su mamá: “Mauricio, ¿usted es gay?“. (Ver: “La vida y Dios me premiaron con un hijo gay”).

El “sí, soy gay” que respondió le dio muy duro a ella. Empezaron los tradicionales: “¿te violaron en el colegio?” o “¿Algo te hicieron cuando estuviste en los scouts?”.

 “le dije a mi mamá que no era un acto de rebeldía ni algo contra ella ni contra nadie. Que era mi orientación sexual”.

Después vino la etapa de la culpa: “¿Será que yo fui muy estricta con usted?”. Y de ahí pasó a “eso es pura rebeldía. Así como se cambió de una carrera que sí da plata como la Ingeniería Civil a Ciencia Política, ahora dice que es gay“. (Ver: Aceptar a los hijos LGBT). 

Más adelante llegó la época de “es una moda“. Y mientras Mauricio dejaba atrás “esa moda“, su mamá pasó un mes y medio sin hablarle. Pero un día, regresando los dos de la psicóloga que les había dicho que quien necesitaba tratamiento era ella y no él, tuvieron la siguiente conversación:

Cuénteme una cosa: ¿en una pareja gay quién hace de mujer y quién de hombre? – preguntó ella.
¿Cómo así mamá? Somos una pareja de hombres, olvídate de esos roles – respondió él.

Mauricio también le habló de Sergio. Y la respuesta de ella fue: el próximo viernes quiero conocerlo. El día llegó. Comieron en un restaurante, hablaron y se fueron. Apenas Mauricio se subió al carro, su mamá le preguntó: “¿usted es celoso? Porque ese muchacho miraba para la izquierda y usted hacía lo mismo, miraba para la derecha y usted también“.

Cambio extremo

Yo no podía creer ese cambio: de no hablarme pasó a decirme que no fuera celoso con Sergio“. De ahí para adelante todo volvió a la normalidad. De hecho, poco después le advirtió: “yo no sé si usted ya salió del clóset pero si mis amigas me preguntan por su novia, yo les voy a decir que usted es gay“.

Marcela, la directora de área del entonces trabajo de Mauricio en la Federación Colombiana de Municipios, era amiga de su mamá. “Lo único que le pedí a mi mamá es que no le contara a ella, pero su respuesta fue: No. Las cosas se enfrentan con determinación“.

Así, Mauricio tuvo claro que más temprano que tarde ella sabría, lo que implicaba que en su trabajo se iban a enterar. Otra crisis. (Ver: Ser LGBT en el mundo laboral).

Un día Mauricio entró a una reunión y Marcela le dijo: “más tarde viene mi hija porque quiere preguntarle cómo es la carrera de Ciencia Política“. Y cerró con la siguiente frase: “a usted no le tengo que decir que no le coquetee a la niña. Con usted no hay problema“.

La liberación. Que la directora lo supiera y no lo hubiera despedido decía mucho. Así que en las reuniones con los compañeros de trabajo empezó a hablar de “mi pareja”, lo que abría la posibilidad de que fuera una persona del mismo sexo. Además, rara vez los hombres heterosexuales hablan de “pareja”, por lo general se refieren a su esposa o novia.

Una vez superadas las barreras “familia” y “trabajo”, la siguiente era “amigos de la universidad”. Ellos estaban confundidos porque Mauricio se la pasaba rumbeando pero no les había presentado ni una novia. Así que una noche acordaron preguntarle de frente. (Ver: “¿Por qué no me había dicho que Diana era su pareja?)”.

Una de sus amigas se tomó unos tragos y le dijo: “¿tú eres gay?”. Mauricio no se había dado cuenta de que el resto de amigos estaba atento a su respuesta. “Yo en ese momento estaba muy tranquilo con el tema y le respondí: sí, soy gay“.

Su amiga se volteó y les hizo señas de “¡Sí!”. Sus amigos aplaudieron y se acercaron a darle besos y abrazos. “Yo les dije: ‘ni que me fuera a casar’ y ellos me respondieron que les había dado muy duro que me hubiera alejado de ellos“. Le expresaron que querían conocer a su novio y esa misma noche le hicieron llamar a Sergio.

El camino estaba abierto

En iNNpulsa Colombia, empresa en la que Mauricio llegó a ocupar el cargo de gerente general encargado, rápidamente dejó saber quién era. (Ver: Ideas para promover la diversidad en el mundo laboral).

El escenario elegido: la fiesta de fin de año. Estaban rifando unos tiquetes y a Mauricio le correspondió imitar a Shakira. Entonces dijo: “yo seré muy gay pero no tengo idea de bailar como ella. Haré mi mejor esfuerzo pero inspirado en Piqué“.

El plan B de Mauricio Toro: emprendedor, innovador y novio de Sergio
Después de 10 años de relación Sergio y Mauricio no viven juntos. Ser una pareja se volvió tan cotidiano entre quienes los rodean que sufren de las típicas presiones de “¿cuándo se van a casar?”. Foto: Archivo particular.

No solamente se quitó un peso de encima sino que se enteró de que en su equipo de trabajo había tres hombres gais y dos mujeres lesbianas. El tema dejó de ser tabú. (Ver: Llegó la hora de las empresas incluyentes).

Por esto, Mauricio tiene clara la importancia de que más personas lesbianas, gais, bisexuales y trans sean visibles. “Si todas las del sector público y en cargos de poder -que son muchas- tomaran la decisión de mostrar que ser LGBT no es algo de ocultar, será más fácil para las nuevas generaciones“.

Hay que preparar el país, dice, para que quienes vienen no tengan que pasar por lo que muchos han vivido. “Si cada persona LGBT aportara al cambio, la situación sería otra. No ser ciudadanos de segunda depende mucho de nosotros“.

Mauricio no es activista ni le interesa serlo. Sabe que para esto se necesita tiempo y conocimiento en el tema y no tiene ni lo uno ni lo otro. (Ver: Los hermanos Lanz: dos caras nuevas del activismo LGBTI).

Sin embargo, es consciente de que el reto ahora no es tanto de los activistas que han hecho su mejor esfuerzo sino de las personas LGBT que forman parte de los círculos de poder y de los estratos socioeconómicos acomodados.

 “Hay que mostrarle al mundo y a las nuevas generaciones que está bien ser LGBT, que no hay problema”.

Nos falta compromiso. El tema no nos importa porque vivimos bien, porque no nos pasa lo que vive una mujer trans en la calle. Es a nosotros a quienes ahora nos corresponde actuar, pero somos los que menos estamos haciendo“. (Ver: Violencia contra las personas LGBT, ¿hasta cuándo?).

Y aunque sabe que las situaciones discriminatorias por las que él ha pasado están lejos de compararse con las que han vivido muchas personas LGBT, también las ha sufrido.

Una vez, por ejemplo, estaba en un cumpleaños en un bar del Parque de la 93, en Bogotá. “Estábamos 20 hombres gais rumbeando y de repente dos amigos bailaron juntos una canción“. (Ver: Reciben nuestro dinero, pero no aceptan nuestros besos).

De inmediato el administrador se les acercó y les dijo: “les quiero pedir que se pasen a la zona VIP“. “Gracias, pero acá estamos bien“, respondieron. El administrador insistió, a lo que ellos dijeron: “¿Pero por qué nosotros y no ese otro grupo que está allá?”, señalando uno de igual tamaño.

El administrador no supo qué responder. Tres o cuatro del grupo se indignaron y el resto siguió su vida como si nada. (Ver: El poder de la sanción social).

“Ni siquiera votamos por los aspirantes a cargos de elección popular que tienen nuestras banderas”.

El problema no es solamente el exprocurador Alejandro Ordóñez o la senadora Viviane Morales sino nosotros mismos. Hemos preferido volvernos invisibles para que todo el mundo esté tranquilo. ¡Tenemos que ser públicos!“. (Ver: A mí no se me nota).

Sabe también que el activismo tiene que innovar, ir más allá de los debates “socioculturales”, de los informes de víctimas y de echarse pullas unos contra otros. Hay que apuntarle, por ejemplo, a un comercial donde una reina de belleza diga “hombre con hombre, mujer con mujer”, que le llega a mínimo cuatro millones de colombianos.

Mientras los estatutos del plan A dicen: “en caso de dudar de su heterosexualidad, favor ocultarlo“, Mauricio cree en lo que dice el plan B: “tenemos que hablar con orgullo de quiénes somos, sin misterios, sin darle espacio a la especulación“.

Es tan sencillo como poder mirar con amor a una persona o tomarla de la mano sin sentirse mal o sin que a los demás les parezca raro. Es poder ser sin planes A (ni B).

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