En Ciudad de México, Sentiido conversó con Ximena Andion —mamá, feminista y defensora de derechos humanos— sobre los desafíos del feminismo actual: el lugar de las personas trans, las nuevas masculinidades, el lenguaje incluyente y los debates en torno al abolicionismo. Una charla sobre temas vigentes -y urgentes- de poner sobre la mesa.
Ximena Andion es mamá, feminista, defensora de derechos humanos y apasionada por la política, el fútbol y la poesía. Creció en un entorno familiar poco convencional para el contexto tradicional mexicano: su papá le insistía en la importancia de ser autónoma e independiente. (Ver: Feminismo: lo que se dice vs. Lo que es).
Pero eso no la protegió de vivir en carne propia el machismo cotidiano. “Yo preguntaba: ¿por qué mi hermano podía llegar a las tres de la mañana y yo no?”, recuerda. La respuesta era siempre la misma: “¡Porque él es hombre! Y el contexto es más violento para las mujeres”. (Ver: El feminismo busca un mundo mejor para todas las personas).
Tal vez por eso, desde muy joven, desarrolló una sensibilidad especial por las injusticias. En la secundaria protagonizó su primer acto de rebeldía feminista: enfrentó al profesor de Educación Física por obligar solamente a las niñas a usar pantaloneta y, además, muy corta. (Ver: Mónica Roa: el feminismo ayuda a tener relaciones familiares más sanas).
“A los chicos no se les exigía lo mismo. Me parecía absurdo y desigual, así que lo enfrenté. Me sacaron de clase, pero después de eso dejaron de obligar a las niñas a usar ese uniforme”. Victoria temprana. (Ver: Olga Amparo Sánchez: nací rebelde).
Tras estudiar Relaciones Internacionales, Ximena comenzó su carrera en una organización de derechos humanos enfocada en tortura y desapariciones forzadas.
Pero un día, leyó en el periódico una nota sobre los feminicidios en Ciudad Juárez y algo cambió en ella. Se volvió hacia una colega y le dijo: “Esto está pasando y no estamos haciendo nada”. Juntas empezaron a presionar dentro de la organización para involucrarse. (Ver: El feminismo busca incluir, no excluir).
“El futuro del feminismo está en una mirada más amplia, más empática y más transformadora”, Ximena Andion.

“El feminismo que niega las identidades trans regresa a ese esencialismo de decir que tener cierto tipo de genitales condiciona tu experiencia de vida”, Ximena Andion.
No fue fácil. “En esa época, pocas organizaciones de derechos humanos entendían que los feminicidios también eran una violación a los derechos humanos”. Pero lo lograron: viajaron a Ciudad Juárez y a Chihuahua para acompañar a las familias de las víctimas. Para Ximena, ese viaje fue un punto de quiebre. “Ahí supe que quería dedicar gran parte de mi vida a trabajar con perspectiva de género”.
Desde entonces, ha hecho de ese compromiso su causa y su camino. Porque entendió que los derechos humanos no se pueden defender a medias: sin perspectiva de género, no hay justicia posible. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni “igualismo”).
Sentiido conversó con Ximena Andion sobre feminismos, transfeminismos, nuevas masculinidades, abolicionismo y lenguaje incluyente, entre otros temas vigentes. (Ver: No hay feminismo sin personas trans).

Sentiido: ¿Qué le ha traído el feminismo a tu vida?
Ximena Andion: Lo primero: muchas amigas, una verdadera red de apoyo. También la convicción de que, donde sea que esté, voy a trabajar por estas causas. El feminismo me ha dado crecimiento personal, político y emocional. Porque al final, lo personal es político. (Ver: Beatriz Quintero: el feminismo es radical porque incomoda).
También ha transformado cómo me relaciono con el mundo, conmigo misma, con la maternidad y con mis parejas. He aprendido que una cosa es tener un discurso feminista y otra muy distinta es ponerlo en práctica, sobre todo en lo cotidiano. (Ver: Celebración de una maternidad feminista).
En mi caso, por ejemplo, he intentado vivir la maternidad desde lo colectivo y sin culpa, pero inevitablemente la culpa aparece. Y ahí están las paradojas. Pero justo en ellas he encontrado aprendizajes que me siguen formando. Porque en esto, uno nunca termina de aprender.

S: ¿Qué opinas del feminismo que rechaza las identidades queer y trans?
X.A.: Me parece lamentable. Es un error humano, teórico y político. En el fondo, negar la identidad -y la humanidad- de una persona es incompatible con los principios del feminismo, que justamente han cuestionado que lo biológico -o lo asignado al nacer- definan quiénes somos o lo que podemos ser.
Lo preocupante es que ese tipo de posturas terminan coincidiendo con los discursos más conservadores sobre lo que significa “ser mujer”. Decir que incluir a las personas trans “borra a las mujeres” no solo es falso, sino que divide luchas complementarias. Juntas, las luchas feministas y trans se fortalecen. (Ver: La fuerza de Lola Dejavu).
En lugar de enfrentarnos entre quienes buscamos justicia, deberíamos articularnos frente a quienes realmente amenazan nuestros derechos: los sectores que buscan borrar tanto a las mujeres como a las personas trans del espacio público. (Ver: Los pasos de gigante de la avanzada conservadora).
Este tipo de posturas nos debilitan, nos distraen y nos enfrentan al adversario equivocado. Las personas trans no son el enemigo. El enemigo son las estructuras que nos oprimen a todas.
Además, negar los derechos de las personas trans en nombre de los derechos humanos de las mujeres es un sinsentido: los derechos humanos no se fragmentan ni se negocian a costa de otros.
Es especialmente grave que estos discursos se mantengan en contextos de altísima violencia contra las personas trans, especialmente contra mujeres trans. Y lo doloroso es que, con quienes defienden estas posturas tan radicales, muchas veces no hay posibilidad de diálogo. (Ver: Diálogo entre opuestos, ¿cómo lograrlo?).
Por suerte, ese es solo un sector del feminismo. Existe otro, mucho más amplio, que abraza la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales, y que entiende que las luchas feministas deben ser interseccionales. Que no solo luchamos por la equidad de género, sino también por la justicia climática, el fin de la impunidad y por un mundo donde quepamos todas las personas. (Ver: ¿Qué es la interseccionalidad?).

S: ¿La postura feminista que rechaza las identidades trans es muy parecida a la de los movimientos conservadores que se oponen a estas identidades?
X.A.: Sí, y es preocupante. El rechazo hacia las mujeres trans por parte de un sector del feminismo ha crecido en paralelo al avance de los movimientos antiderechos que insisten en ideas biologicistas: que solo existen dos sexos —femenino y masculino— y que eso determina quién eres en el mundo. (Ver: ¿Qué significa ser una TERF?).
Ese argumento, que afirma que si no naciste con ciertos órganos reproductivos no puedes tener una experiencia válida como mujer, es exactamente lo que el feminismo históricamente ha cuestionado.
La teoría feminista se originó desafiando la idea de que la biología definía nuestros intereses, capacidades o lugar en la sociedad. Por eso resulta tan contradictorio que algunas feministas hoy retomen esos postulados.
No sé si quienes sostienen esas posturas se dan cuenta de cuánto se asemejan al discurso conservador. Ambos niegan la diversidad de identidades y buscan restringir derechos en lugar de ampliarlos.
Hay mujeres con la idea de que reconocer derechos a las personas trans, o crear acciones afirmativas para ellas, significa quitarles espacios a ellas. Pero esa visión es limitada —y paradójicamente, muy parecida a la que han sostenido muchos hombres frente al avance de los derechos de las mujeres— (Ver: Hombres ¿feministas?).
La paridad no busca quitarle espacio a nadie, sino construir representaciones más amplias y justas. Y las personas trans forman parte de la sociedad, por tanto, también deben estar representadas.

S: La historia del feminismo ha tenido exclusiones con las mujeres afro, lesbianas…. Y ahora con las mujeres trans. ¿No se ha aprendido la lección?
X.A.: El feminismo ha recorrido un camino para volverse más interseccional, pero aún persisten exclusiones. En sus inicios, los movimientos sufragistas estuvieron liderados, en muchos países, por mujeres blancas de clases medias o altas. Frente a esto, surgieron voces críticas desde los feminismos afro y otros movimientos que señalaron esa falta de representación y diversidad. (Ver: Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones).
A partir de los años 80 y 90, se fortaleció una propuesta que entendía que el feminismo debía ser interseccional, es decir, reconocer que las mujeres no somos un grupo homogéneo. Nuestra clase social, identidad de género, orientación sexual, origen étnico o territorial influyen en cómo vivimos las desigualdades. (Ver: Feminismo: de dónde viene y para dónde va).
Por eso, volver a construir una idea rígida y excluyente de quién cuenta como “mujer” dentro del movimiento es un retroceso. Implica pasar de un feminismo que costó mucho volver más amplio e incluyente, a uno que vuelve a cerrar las puertas. Eso es lo que ocurre con quienes rechazan a las mujeres trans.
En México, por ejemplo, algunas mujeres afro no se sienten representadas por los feminismos más tradicionales o dominantes. Habría que buscar la diversidad y la resistencia de esa parte del movimiento que sí tiene una visión interseccional incluyente. (Ver: El feminismo agroecológico, una apuesta por los derechos de las mujeres rurales).
Durante mi experiencia como directora del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir (ILSB), lo vi con claridad: muchas personas trans sienten que, aunque coinciden con las bases teóricas del feminismo, no son realmente bienvenidas en el movimiento. No se sienten incluidas ni escuchadas.
A esto se suma que los fondos de cooperación muchas veces se concentran en organizaciones lideradas por personas cisgénero (o que no son trans), lo que profundiza aún más la desigualdad y la exclusión dentro del mismo movimiento.

S: Sigue vigente el “feminismo abolicionista”…¿Qué opinas?
X.A.: Es un feminismo con una visión muy rígida. El tema del trabajo sexual es complejo, sin duda, pero yo defiendo el reconocimiento del trabajo sexual y los derechos de quienes lo ejercen.
Lo que me sorprende es que muchas feministas abolicionistas se escandalicen por el trabajo sexual, pero no muestren la misma indignación frente a otras formas de explotación laboral que también afectan a las mujeres, como el trabajo en maquilas o en el hogar.
Es cierto que en el trabajo sexual existen condiciones de explotación. Pero lo mismo ocurre en muchas otras ocupaciones precarizadas donde las mujeres también enfrentan violencia, discriminación y falta de derechos.
La diferencia es que el trabajo sexual involucra la sexualidad y ahí es donde entra un juicio moral. Por eso, me parece que los discursos abolicionistas y “antitrans” se conectan: ambos parten de una visión conservadora sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres.
El abolicionismo insiste en que no hay agencia posible en el trabajo sexual. Pero, paradójicamente, sí se reconoce esa agencia cuando una mujer decide abortar. ¿Por qué entonces no se reconoce cuando decide recibir un pago por tener sexo? ¿Quién decide cuándo una mujer puede o no tomar decisiones sobre su cuerpo?
Además, cuando se plantea que si se eliminaran las condiciones de explotación, muchas mujeres seguirían eligiendo el trabajo sexual, la respuesta suele ser: “Eso no es libertad”. Pero ¿acaso una mujer que trabaja en una maquila lo hace completamente libre? ¿Por qué para unas cosas se reconoce nuestra capacidad de decisión y para otras no?
El trabajo sexual no va a desaparecer. Lo que logra el abolicionismo es empujar esta actividad hacia la clandestinidad, dejándola más expuesta a la violencia, al abuso policial y a la precariedad.
Si realmente queremos prevenir la trata y la explotación, debemos escuchar a quienes ejercen el trabajo sexual y garantizarles condiciones dignas, en lugar de invisibilizarlas o criminalizarlas.
Otro punto es que estas posturas radicales suelen ignorar las voces de las trabajadoras sexuales que sí afirman ejercer su trabajo por decisión propia. ¿Se han sentado las feministas abolicionistas a escucharlas? ¿Han escuchado a las mujeres trans sobre sus experiencias? (Ver: Cristina Rodríguez: mujer orgullosamente trans).
Muchas veces se parte de prejuicios que asumen que ciertas personas no pueden tomar decisiones por sí mismas, cuando en realidad lo que necesitan es reconocimiento y derechos.
Al final, lo que está en juego no es solo una discusión teórica. Se trata de prevenir la violencia, combatir la trata y la explotación. Es urgente tender puentes: podemos luchar juntas contra la trata y, al mismo tiempo, garantizar los derechos de las trabajadoras sexuales. Escucharlas debería ser el primer paso.

S: Todavía hay resistencia al lenguaje incluyente, ¿a qué le atribuyes eso?
X.A.: La pregunta de fondo es: ¿por qué tanta gente acepta sin problema nuevas expresiones del lenguaje, pero se resiste al lenguaje incluyente? Detrás de esa negativa hay una lógica patriarcal. Se trata de posturas dogmáticas que son flexibles para unas cosas, pero rígidas cuando se trata de visibilizar a las mujeres y otras identidades.
Hablar solo en masculino tiene efectos concretos en la forma en que entendemos el mundo. La escritora Chimamanda Ngozi Adichie lo narra en su libro Todos deberíamos ser feministas: cuando era niña, ganó una competencia escolar y le dijo a su maestra: “Entonces, ¿soy la jefa de la clase?”. La maestra le respondió que no, porque la instrucción decía “el niño que gane” y solo los niños podían ser jefes. Ese ejemplo muestra cómo el lenguaje moldea nuestras expectativas y realidades.
El lenguaje incluyente —decir “niñas y niños”, por ejemplo— es fundamental. Yo lo pienso con mi hija: ¿qué efecto tiene para una niña crecer en un entorno donde siempre se habla en masculino? ¿Qué mensaje recibe sobre su lugar en el mundo?
El lenguaje tiene un peso simbólico enorme. Si no lo transformamos, seguimos reproduciendo realidades de desigualdad. Por eso hay que insistir: el lenguaje es clave para el cambio cultural.
Ahora bien, esto va más allá de decir “todas y todos”. También se trata de desmontar expresiones que perpetúan relaciones de poder. Cuando en una invitación se pone “el señor embajador y su esposa”, por ejemplo, se está reforzando quién ocupa el espacio público y quién queda relegada al privado.
Mucha gente dice: “es muy cansón hablar así”. Pero hay muchas formas neutras de expresarse: decir “las personas” en lugar de usar el masculino genérico es una alternativa efectiva e incluyente. En el fondo, el lenguaje es una batalla simbólica por la inclusión y contra la discriminación.
Y hay que decirlo con claridad: muchas de las críticas al lenguaje incluyente —incluyendo las de la Real Academia Española— no son lingüísticas, sino políticas. Lo que incomoda es el cambio social que implica reconocer la igualdad y la diversidad.
Hoy, además, no basta con decir “todos y todas”, también debemos incluir a las personas no binarias y por eso usamos “todes”. Es una forma de abrir el lenguaje para que nadie quede fuera. Cambiar cómo hablamos no es un capricho: es una forma de transformar cómo nos relacionamos y quiénes cuentan en nuestra sociedad. (Ver: Ni hombre ni mujer: persona no binaria).
El lenguaje puede ser una herramienta poderosa para generar inclusión simbólica que, eventualmente, se traduzca en cambios materiales. Por eso esta lucha importa. En lugar de escandalizarse, como lo hacen algunos señores de la Real Academia o RAE, deberíamos celebrar que el lenguaje evolucione hacia sociedades más igualitarias.
“El lenguaje incluyente es importante porque las palabras crean y perpetúan realidades”, Ximena Andion.
S: ¿Qué opinas del concepto “nuevas masculinidades”?
X.A.: Es evidente que existe un modelo de masculinidad tóxico arraigado en nuestras sociedades. Por eso, hablar de nuevas masculinidades no es opcional: es esencial para transformar estructuralmente la cultura machista. (Ver: Los retos de apostarles a otras masculinidades).
Sin embargo, dentro del movimiento feminista existe cierta resistencia, especialmente cuando se percibe que los escasos recursos destinados a la agenda de género podrían redirigirse hacia este tema.
Pero la solución no es pelearnos por recursos, sino ampliar la mirada. Porque sin transformar también la forma en que se construyen las masculinidades, no erradicaremos la violencia ni alcanzaremos una igualdad real. (Ver: Machismo y feminismo no pueden coexisitir).
Empoderar a las mujeres en lo económico, político o físico es necesario, pero insuficiente. También necesitamos que hombres y niños cuestionen su rol dentro del sistema patriarcal y aprendan a construir formas de ser que no se basen en la violencia, el poder o la dominación. Mientras la masculinidad siga asociada al ejercicio del control y la agresión, el cambio será superficial.
Parte del problema es que este trabajo de cuestionar las masculinidades ha recaído, una vez más, en las mujeres. Y no debería ser así. Son los hombres quienes deben asumir la responsabilidad de crear espacios propios para revisar sus privilegios y reconstruirse. No puede seguir siendo tarea nuestra cargar también con esa transformación.
En países como México o Colombia, donde la violencia alcanza niveles alarmantes, no se trata solo del crimen organizado o de contextos de guerra. Hay una raíz cultural más profunda: la violencia como forma válida de “hacerse hombre”. Ese componente estructural rara vez se aborda con suficiente profundidad.
Por eso, las nuevas masculinidades no deben verse como una amenaza a la agenda feminista, sino como un complemento indispensable. Y no se trata solo de ofrecer otras formas de ser hombre, sino de abrir la posibilidad de habitar el género de manera más libre, fluida y dinámica.
En ese sentido, las personas trans y no binarias hacen una contribución fundamental: nos invitan a pensar más allá de las categorías rígidas de “hombre” y “mujer” y a imaginar otras formas de existencia.
“El lenguaje incluyente parece algo superfluo, pero tiene mucho contenido político, simbólico y de cambio cultural”, Ximena Andion.
S: Preocupa que los grupos fundamentalistas cada vez llegan a más puestos de toma de decisiones…
X.A.: Sí, por un lado están los conservadores fundamentalistas, con los que no veo sentido dialogar, porque no pareciera que fueran a salir de esas posturas radicales. Pero hay otro grupo de personas en puestos de toma de decisiones, con los que se puede conversar.
En el debate sobre la despenalización del aborto en Argentina, estaban los fundamentalistas radicales en el Congreso, pero también los conservadores, católicos, que votaron a favor, en parte porque hubo diálogo.
Hay una parte de congresistas y de personas electas democráticamente, donde la presión del electorado importa porque van a responder dependiendo de si ven o no un costo político o un capital que van a perder, si no enarbolan esas causas. Ahora, para mí el otro elemento fundamental es que logremos que más mujeres y hombres progresistas lleguen a esos espacios.
En México ha sido interesante tener más mujeres políticas porque si bien no todas son feministas, sí ha generado políticas y leyes más progresistas en materia de igualdad de género.
Entonces, sí creo que hay un impacto en tener más mujeres, incluidas mujeres trans, pero en general más mujeres o más aliados del feminismo en los espacios de toma de decisiones.
S: ¿Qué opinas de que cada vez existan más organizaciones de mujeres jóvenes, feministas?
X.A.: Me encanta. Yo doy clases en la universidad sobre derechos humanos, y hace diez años, cuando les preguntaba a mis alumnas si se consideraban feministas, casi ninguna levantaba la mano. Hoy ocurre lo contrario. Hay un boom feminista que me muy potente.
Es inspirador ver a tantas jóvenes tomando las calles, alzando la voz y organizándose. En México, muchas de ellas no forman parte de estructuras formales, sino de colectivas espontáneas, autónomas, sin financiamiento externo. Son iniciativas desde la base y con una energía contagiosa.
Pero también hay retos. Uno de ellos es cómo generar puentes con otros feminismos para sostener luchas más amplias y duraderas. Otro tiene que ver con la rabia que atraviesa muchos de estos movimientos. Es una rabia legítima, producto de la violencia cotidiana que viven: acoso, maltrato, precariedad. Y mi pregunta es: ¿cómo canalizamos esa rabia?
No hablo de “no rayar monumentos”, eso no me molesta en lo más mínimo. Me refiero a cómo dirigir esa fuerza hacia el corazón del problema: el sistema machista que lo sostiene todo.
El gran desafío es construir espacios donde podamos dialogar entre generaciones, reconocernos mutuamente. Valorar lo que hicieron las feministas de los años setenta y, al mismo tiempo, abrazar el empuje y la urgencia del feminismo joven. Al final, es una sola lucha contra un sistema que oprime a todas las personas, aunque lo vivamos desde distintas experiencias. (Ver: Claudia Mejía: mi vida entera ha estado marcada por el feminismo).
“Las mujeres hemos ganado espacios en lo público, pero eso no ha significado que los hombres estén entrando al espacio de lo privado”, Ximena Andion.
S: ¿Cuáles son los grandes retos del feminismo en nuestros países?
X.A.: Un reto central es tender puentes dentro del propio movimiento feminista. La pregunta es: ¿podemos generar diálogos entre posturas enfrentadas, como el abolicionismo y quienes defienden los derechos de las trabajadoras sexuales? Tal vez no logremos consenso total, pero sí construir acuerdos mínimos, coincidir al menos en garantizar derechos a quienes lo ejercen.
Algo similar ocurre con el tema de las mujeres trans. Debería haber consenso para decir: “no se vale la violencia contra las mujeres trans”. El reto es preguntarnos si es posible construir un feminismo verdaderamente incluyente e interseccional. (Ver: Los súper poderes del feminismo transincluyente).
Otro desafío es ampliar el alcance del feminismo hacia otras luchas urgentes. La crisis climática, por ejemplo, amenaza la existencia misma de la humanidad. Entonces, ¿cómo puede el feminismo articularse con movimientos más amplios? No se trata de sustituir una causa por otra, sino de reconocer que están conectadas.
Hacia fuera, enfrentamos la avanzada de movimientos antiderechos y discursos de odio que han ganado espacio no solo en la política, sino también en la cultura. Han construido una narrativa emocional basada en el miedo: “si defiendes el género, tu hijo se volverá niña”, y mentiras por el estilo. Han sido muy eficaces. (Ver: Mónica Fonseca: si nos sumamos a las causas LGBTIQ, el mundo será mejor).
El reto para nosotras es llegar también al corazón de la gente: explicar qué es el feminismo, qué significa hablar de género y construir desde ahí.
En términos políticos, también hay retos clave: necesitamos más diversidad, más liderazgos progresistas y una paridad real en los espacios de decisión. Pero el gran desafío es cultural: cambiar cómo nos entendemos como sociedad, romper con los estereotipos. (Ver: Catalina Botero: las críticas se responden con argumentos, no con censura).
Sí, las mujeres hemos ganado espacio en lo público, pero eso no ha ido acompañado de una redistribución en lo privado. Los hombres no han entrado de lleno al mundo del cuidado.
Mientras el trabajo doméstico y de cuidado –ya sea de niños, personas enfermas o adultas mayores– siga recayendo principalmente en mujeres, la igualdad será una ilusión. Necesitamos que el cuidado sea colectivo y socialmente valorado. Solo así lograremos avanzar hacia una igualdad real, tanto en lo privado como en lo público.
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