Inicio A Fondo “Dejemos que nuestros hijos vivan su vida y no nuestros sueños”

“Dejemos que nuestros hijos vivan su vida y no nuestros sueños”

Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.

Ser los papás de Isaac, un hombre trans, les amplió la visión de mundo a Carlos Cano y a Claudia López, los hizo personas más empáticas, dispuestas a trabajar para que más familias abracen la diversidad.

Fotos y videoandresgofoto de goteam.media

Papás hijo trans
Claudia López y Carlos Cano, papás de Isaac, un hombre trans, están convencidos de que con una vida que salven se dan por bien servidos. “Con el hecho de que un papá nos diga que acepta a su hijo LGBT, sabemos que hemos cumplido”.

Claudia nunca imaginó que alguna vez en su vida participaría en una marcha del orgullo LGBT y, menos aún, que lo haría en primera fila, con cartel en mano y acompañada de su esposo Carlos y de su hijo Isaac. ¿Por qué habría de ir si ese no era asunto suyo? Claudia, como tanta gente, tenía conocidos gais, pero como en su familia -papá, mamá, hermanos- no había personas LGBT, este era un tema indiferente para ella. (Ver: 9 miradas a las marchas LGBT de Colombia).

Sin embargo, desde 2016 asiste feliz y sin falta a este evento anual. El cambio vino después de pasar por un proceso que incluyó etapas de shock, negación, angustia, culpa, silencio, frustración e incertidumbre hasta llegar a la aceptación de que su único hijo es un hombre trans.

Ya estamos en la fase de plenitud porque hablamos de diversidad con naturalidad. Hoy formamos parte de los papás y mamás de personas LGBT que vamos felices a las marchas del orgullo porque entendemos y abrazamos la diversidad de nuestros hijos e hijas”, señala Claudia. (Ver: “Lo de menos es que mi hijo sea gay, lo importante es él como ser humano”).

Carlos y Claudia en una marcha del orgullo de Medellín (Colombia), ciudad en la que viven.

Claudia aún recuerda las palabras de la psicóloga a la que su hijo asistía:
– “Isaac quiere compartirles algo”- dijo.
– “¿Cuál Isaac?”- preguntó Claudia mirando para todas partes. “¿O será que escuché mal?”, se dijo.

No, no había equivocaciones o, si había alguna, era que durante 16 años Isaac había tenido que responder a un nombre y a una apariencia con la que no se identificaba. Entonces vino la frase: “Má, pá, soy un hombre trans. “¿Qué es ser trans?”, preguntó Claudia, para quien la palabra más cercana era “travesti”. La psicóloga empezó a explicarles qué es ser trans, pero mientras ella hablaba, Claudia solo veía que sus labios se movían. Mil pensamientos pasaban por su cabeza. (Ver: Aceptar a los hijos LGBT).

“¿No será algo de la edad?”, “eso es que está decepcionada del amor”, “¿será que sufrió un abuso?”, “seguro fue que el medicamento que tomé durante el embarazo la afectó hormonalmente” o “¿tendrá que ver que yo en algún momento imaginé que iba a tener un niño?”. A pesar de que todas estas preguntas pasaban una y otra vez por su cabeza, notó de inmediato que Isaac se liberó, se quitó un peso de encima.

“Familia es amor, apoyo, sinceridad, tranquilidad y regocijo”, Carlos Cano.

En todo caso, a Claudia le costaba decirle “Isaac” a su hijo y utilizaba su nombre anterior a lo que él respondía: “ella ya no vive acá”. Para Isaac, la palabra “trans” con la que finalmente pudo darle nombre a lo que sentía, también era nueva. La conoció una noche cuando Nat Geo presentó unos documentales llamados “Tabú” donde salió Brigitte Baptiste, mujer trans rectora de la Universidad EAN. (Ver: Brigitte Baptiste, una navegante del género).

Isaac vio ese programa y supo que toda la vida había sido un hombre pero que solo hasta ese momento, a sus 16 años, lo tuvo claro. Recordó que cuando tenía 7 u 8 años no entendía muy bien por qué en su colegio solamente estudiaban niñas. “¿Entonces yo por qué estoy acá?”, se preguntaba. (Ver: El género desde una perspectiva trans).

Papás hijo trans
“Jesús dijo amaos los unos a los otros. No dijo amen solo a estos o a estos otros. Su amor transformó el mundo, entonces ¿por qué no replicarlo?”, Carlos.

Sin embargo, tuvo la fortuna de que en su casa pudo escoger. Claudia nunca ha pensado que una niña tenga que jugar a la mamá o a la cocina o un niño con carros. Así que Isaac creció con libertad, pero socialmente sí había un choque entre lo que quería y sentía y lo que podía ser y hacer. (Ver: Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos).

Desde noveno grado, por ejemplo, casi siempre iba al colegio en sudadera, no con la falda del uniforme. Las directivas le llamaban la atención, “pero como yo estaba en todas las actividades culturales y dirigía la banda musical del colegio, entonces si me suspendían la gente de música no ensayaba. Esto de alguna manera me protegió”, señala Isaac.

“Poco me importaba si perdía disciplina por no ponerme un uniforme. Un uniforme no dice nada de lo que yo soy”, Isaac Cano.

En todo caso, Isaac experimentaba ansiedad y frustración de que la gente no lo reconociera tal como él se identificaba. “Yo trataba de ser yo, lo tenía muy claro adentro, pero la gente no lo veía. Por esto era difícil expresarme. Después de que yo compartí lo que estaba sintiendo, pude empezar a conectarme más con la gente porque sentía que cuando hablaba ahora sí realmente me veían”.

Papás hijo trans
“Es muy duro pensar que hay personas que se quitan la vida porque su familia no las acepta”, Claudia López. 

Durante mucho tiempo, Claudia pensó que su hijo era lesbiana. “Yo siempre estaba repitiéndole ‘así no se sientan las niñas’, y mis hermanas y mi mamá me decían ‘cómo es de brusca la niña’, pero como yo tenía en mi cabeza que era una mujer lesbiana, lo dejé así”. (Ver: Yo era rara por principio).

Para Claudia, todo cambió cuando Isaac empezó a pasar por una etapa de muy poca vida social. “Aunque siempre había sido introvertido, cada vez estaba más encerrado y eso para mí fue una señal de alerta porque a los 14 o 15 años uno quiere estar con amigos, de rumba o de paseo, pero él no”.

Además, expresaba rechazo por su cuerpo y por el mandato social de tener que llevar el pelo largo. “Yo, sin entender muy bien qué pasaba, le decía que su cuerpo era bonito”. En todo caso, las alertas ya estaban encendidas y Carlos y Claudia decidieron llevar a Isaac al psicólogo, quien les dijo que Isaac tenía un cuadro depresivo profundo y que era mejor que un psiquiatra, ojalá sexólogo, lo viera.

En una de esas citas, el sexólogo le explicó a Isaac que el género es un amplio espectro y que no hay una sola forma de ser hombre ni de ser mujer. “Entendí que yo podía construirme como quisiera y que eso estaba bien. Eso me dio seguridad porque aprendí que yo no tenía que cumplir con unos requisitos para ser yo ni para ser reconocido como hombre”. (Ver: El género existe y no es una ideología).       

“Yo estoy tan cómodo y tan seguro conmigo mismo que no me afecta lo que digan o piensen los demás”, Isaac.

Claudia y Carlos, por su parte, vivieron la misma situación de muchos papás y mamás de personas trans: desde temprana edad notaron que su hijo no tenía los comportamientos que socialmente se esperan de una niña. “Nunca quiso ponerse aretes ni maquillarse. Para que se cepillara y se arreglara era todo un lío”, afirma Claudia, quien una vez conoció la identidad de género de Isaac fue consciente de pequeños detalles que en su momento pasó por alto. “A él, por ejemplo, en el colegio nunca lo llamaron por su nombre femenino, sino ‘Cano’, su apellido”.

También, cuenta Isaac, llegó un momento en el que ya no estaba bien seguir usando la ropa que le gustaba: jeans, tenis y camiseta. “Yo no entendía por qué tenía que vestirme de otra manera. Para mí la etapa de las fiestas de 15 años fue muy complicada. No era fácil encontrar ropa con lo que me sintiera a gusto”.

Un día, cuando Isaac ya había expresado su identidad de género, lo invitaron a una fiesta de 15 años. Alquiló un esmoquin. Así se fue vestido, listo para bailar el vals con la quinceañera. “Me acuerdo que él cerró la puerta de la casa para irse a la fiesta y Carlos y yo nos quedamos llorando, pero también veíamos cómo brillaba. Empezamos a notar un cambio muy positivo en él”. De hecho, un día en el que Isaac se iba a tomar el medicamento formulado por el psiquiatra para tratar la depresión, dijo: “yo no me debería tomar más esto”. (Ver: “Dejemos de decir que no queremos hijos LGBT”).

“Una forma de violencia es cuando un papá o una mamá le dice a su hijo que no salga con una determinada ropa porque eso ‘no es de hombres’”, Carlos Cano.

Aunque tanto Claudia como Carlos pasaron por momentos difíciles en el proceso de aceptación de la identidad de género de su hijo, Carlos lo asimiló más rápido. Incluso, antes de saber que Isaac era un hombre trans, decía: “si es lesbiana, es lesbiana, no hay lío”.

Según Carlos, a muchos papás les cuesta aceptar que sus hijos son LGBT porque además de sentir miedo, ven herida su masculinidad. “A esto se suma que muchos papás esperan realizar sus sueños a través de sus hijos. Queremos que ellos hagan lo que nosotros no hicimos. Pero nuestra misión como papás es catapultarlos a ellos para que vivan su vida, no la nuestra”. Los papás, dice, repiten con orgullo que dan la vida por sus hijos. Entonces, ¿cómo así que cuando son LGBT les hacemos entender que así no los queremos? (Ver: “Tener una hija lesbiana es un orgullo para mí”).

“¿Cómo así que porque mi hijo no sea lo que yo quería o esperaba, ya no lo voy a querer?”, Carlos Cano.

En el proceso de aceptación de Claudia, fue determinante el día en que una amiga del trabajo le contó que un sobrino suyo, de la edad de Isaac, se había suicidado. “Sentí un sacudón al que se sumó una frase que Carlos me dijo esa noche: acompaña a Isaac en su tránsito porque yo no voy a llevar flores a un cementerio”. (Ver: Sí, todo mejora).

Justo por esos días alguien le habló a Claudia del centro de la diversidad de la Alcaldía de Medellín. Cuando llegó a este lugar se encontró con historias de abandono y violencia de mujeres trans que ejercen el trabajo sexual. Claudia se preguntó: “¿yo qué hago acá?”. Pero antes de irse, alguien la abordó. Le habló del Centro Psicopedagógico Integrado (CEPI), liderado por Carolina Londoño, médica sexóloga.

Papás hijo trans
“Yo creo en un Dios que nos acompaña, que nos pide ser generosos, serviciales y solidarios”, Claudia.

Claudia fue a uno de los grupos de apoyo de la doctora Londoño y se encontró con papás y mamás que conocían sobre diversidad sexual y de género y que hablaban felices y con mucha naturalidad del tema. “Me impactaron tanto que yo solo dije: cuando grande quiero ser como ellos. Encontré historias de familias como la mía”. (Ver: “La vida y Dios me premiaron con un hijo gay”).

“No nos metamos en la cama de nuestros hijos, dejemos que hagan su vida con la tranquilidad de saber que nosotros los educamos”, Carlos Cano.

En uno de estos grupos se enteraron de la existencia de Familiares y amigos unidos por la diversidad sexual y de género (FAUDS). “Con el tiempo entendí que, aunque inicialmente yo pensaba que encontrar una ‘causa’ de la identidad de género de mi hijo me iba a dar paz, me di cuenta de que no había ninguna causa y que la mejor opción era acompañar el tránsito de Isaac”, recuerda Claudia.

Hoy es la directora ejecutiva de FAUDS y está enfocada en que cada vez más familias acepten a su hijo o a su familiar diverso sin prejuicios. “En nuestra organización no creemos en condenar ni en estigmatizar a quienes desconocen o rechazan la diversidad sexual sino en la importancia de enseñarles sobre el tema porque muchas veces detrás de ese rechazo hay miedo y desconocimiento”. (Ver: Medellín les da la bienvenida a las familias diversas).

Su objetivo, dice, es que algún día no haya necesidad de que FAUDS exista. Para esto se necesita que llegue el día en que papás y mamás vean la diversidad sexual y de género como un tema cotidiano, no como un asunto de alarmarse. “Nosotras estamos fortalecidas para apoyar a otras familias que están pasando por el proceso de reconocer la diversidad de sus hijos o hijas”.

“FAUDS es una mezcla entre conocimiento y amor incondicional para superar prejuicios”, Claudia López.

Es un hecho que son más mamás -y menos papás- quienes acuden a FAUDS. “Quizás porque a las mujeres nos han educado más para buscar ayuda. Los papás se resisten a hacerlo porque eso les parece que es mostrarse vulnerables y a los hombres los han educado para expresar menos sus sentimientos y tener que parecer siempre fuertes”, afirma Claudia

A nosotros, dice Carlos, no nos educaron sobre diversidad sexual y de género. “A duras penas oímos hablar de ‘maricas’ como una parte oscura de la sociedad. Por eso, cuando un papá o a una mamá sabe que su hijo es LGBT, se le viene a la mente un mundo oscuro. Por eso se asustan y rechazan que sus hijos sean LGBT. Yo al principio alcancé a pensar eso, pero rápidamente dije: ¿por qué voy a creer eso si mi hijo se crio conmigo? Yo sé a quién eduqué”.

Papás hijo trans
“Tenemos que hacer de los hogares, territorios de paz. Los jóvenes LGBT tienen que luchar contra sus prejuicios internos y sociales, ¿cómo no permitirles que su casa sea un espacio seguro?”, Carlos Cano.

Aunque la apariencia de Isaac cambió, su esencia sigue siendo la misma. “El hecho de que yo me sienta conforme con mi exterior, ayuda a que mi interior sea más fuerte. De nada sirve que yo sepa quién soy si no puedo mostrárselo a los demás”. El reto, agrega Carlos, es cambiar el chip y dejar de asociar diversidad sexual con un mundo sórdido. “Yo muchas veces digo ‘gracias a Dios pasamos por este proceso’ porque el tránsito de mi hijo nos amplió nuestra visión de mundo”. (Ver: Orgullosamente trans).

“Yo no puedo hablar de mí como si se tratara de dos personas. Siempre he sido yo. Sin importar los cambios físicos, mi esencia nunca cambiará”, Isaac Cano.

Cuando los cambios físicos empezaron a notarse, ni Carlos ni Claudia les habían contado a sus familias sobre la identidad de género de Isaac. Y cuando él contestaba el teléfono, la gente quedaba sorprendida: “¿de quién es esa voz?”, preguntaban. Y Claudia no sabía qué responder.

Hasta que un día dijeron “no más”. “No íbamos a hacer que nuestro hijo viviera una doble vida. Eso no es justo y menos cuando uno les ha repetido hasta el cansancio: ‘no me diga mentiras’. ¿Cómo, entonces, de un momento a otro uno le va a decir que sí las diga y que su vida sea una mentira?”, señala Carlos. (Ver: “Cuando los hijos salen del clóset, los papás entran en él”).

Pensaban que la parte más complicada sería el papá de Carlos porque es una persona de 80 años muy tradicional. Pero cuando Carlos le contó, él se quedó pensando. Al poco tiempo le preguntó: “¿cómo es que tengo que decirle?”, “Isaac”, respondió Carlos. “Ah, bueno, Isaac, él es de la casa, un nieto más”. Y listo.

“Cuando un papá o una mamá le dice a su hijo LGBT que lo acepta pero que nadie lo sepa, quiere decir que no lo ha aceptado”, Carlos Cano.

Aunque con el proceso de su hijo, Claudia y Carlos han vivido una experiencia transformadora, su vida espiritual se mantiene intacta. Claudia está convencida de intentar ser coherente con las enseñanzas de Jesús. “Yo creo en Dios, lo que implica no hacerles daño a los otros y respetar a cada quien”. Con Isaac, dicen, han aprendido a ser mejores seres humanos y a tener mayor capacidad de ponerse en los zapatos del otro.

“Lo más importante en la vida es ser uno mismo sin importar la opinión de los demás”, Isaac.

Su norte, afirma Carlos, es: “amarse los unos a los otros como Dios nos amó, sin distinciones. Ahora, si hablamos de que Dios creó el mundo, en la naturaleza se ve diversidad por todas partes”. (Ver: La Biblia no discrimina pero sí las interpretaciones fuera de contexto).

La relación familiar se transformó porque se acercaron más. Sus conversaciones empezaron a ser más sinceras y han tenido aprendizajes importantes. “Yo me acuerdo que alguna vez le dije a Carlos: necesito que le enseñes a Isaac a ser un hombre. ¿Cómo así? Me respondió él. Tuve mi proceso de entender que no hay una manera de ser hombre, sino que él estaba construyendo su propia masculinidad”, señala Claudia. Hoy los dos están orgullos de haberle cumplido a Isaac la promesa que a temprana edad le hicieron: su amor de padres es incondicional.

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