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Jess: soy yo sin pedir permiso ni dar explicaciones

Aunque le gusta más el concepto “dos espíritus”, saber que existe la posibilidad de identificarse como “persona no binaria”, le abrió el mundo a Jess, quien prefiere alejarse de las categorías que no fueron pensadas en personas negras y maricas. Especial de Sentiido #SoyYo.

Siéntate bien”, “cierra las piernas”, “no hables así”, “las niñas no dicen groserías”, “¿por qué te vistes así?” y “¿por qué no te pones un vestido?”, fueron frases que Jess Castaño Cuadro escuchó con frecuencia de su mamá durante su infancia y adolescencia en Cartagena, ciudad en la que creció (nació en El Banco, Magdalena) junto a sus papás, hermanas y hermanos en medio de una familia tradicional y católica. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

Cuando tenía 14 años, por una oferta laboral que su papá recibió, se trasladaron a Bogotá. El cambio no fue fácil. Llegaba a una ciudad fría y distante, sintiendo que no encajaba en lo que, supuestamente, debía ser una mujer. En este contexto, llegó su cumpleaños número 15. Y mientras veía a sus papás planeando una fiesta con vals, mariachis y vestido rosado, Jess les advirtió: “ustedes saben que yo no quiero eso, pero si esa fiesta es importante para ustedes, vamos a hacerla, pero a mi manera”. Primera condición: no se iba a poner un vestido pomposo sino un esmoquin.

Durante un tiempo, Jess se asumió como una mujer lesbiana masculina. Punto. Pero en algún momento empezó a sentir que cuando se habla de “lesbiana”, a la gente se le viene a la mente una pareja de mujeres blancas o mestizas, nunca afro. “Sentía, entonces, que yo no cabía ahí, no solo por ser negra, sino porque a mí me atraen las mujeres cisgénero pero también las personas trans”. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

Jess no se identifica con la sigla LGBT porque, dice, no está pensada en personas maricas y afro.

“Para poder salir me conseguí un novio más maricón que yo”.

Más adelante entendió que su masculinidad iba mucho más allá de preferir pantalones a vestidos. Repasó su vida y se dio cuenta de que siempre había cuestionado esas formas tan rígidas de ser “hombre” o de ser “mujer”. “Cuando tenía seis años, no entendía por qué preferir pantalones a faldas me convertía en un niño”. Con el tiempo le surgieron otras preguntas: ¿por qué cuando usaba vestido le trataban como una persona frágil y cuando supuestamente se vestía como hombre, de otra manera? (Ver: El género existe y no es una ideología).

Sus papás, además, eran muy estrictos y no le dejaban salir. Su recorrido diario era de la casa al colegio y viceversa. Ni fiestas ni salidas. Pero a los 19 años quería conocer gente, ir a un bar gay y explorar lo que sentía, así que, sin permiso, fue a la marcha del orgullo LGBT. Allí conoció a dos chicos con quienes siguió en contacto. Y se dio cuenta de que la presencia de un hombre era suficiente para que sus papás le permitieran salir. “Nos inventamos que éramos pareja y si él iba y me recogía, podía salir de noche, momento que aprovechábamos para ir a mariquear en los bares”.

La mamá de Jess forma parte de un grupo de la Iglesia católica, así que hasta pasados sus veinte años, Jess asistió a la Iglesia y al grupo. “Estaba esa necesidad que tenemos los seres humanos de pertenecer a algo más grande”. Pero también iba por estrategia: si asistía, le daban más fácil los permisos para salir.

Dejé de ir cuando estaba viviendo con una novia porque recibía el mensaje de que las personas homosexuales no entrarán al reino de los cielos, y no pasaba lo mismo cuando se hablaba de infidelidad o de maltrato familiar. Ahí empecé a preguntarme: ¿cómo es posible que ese señor que le pega a la esposa y le es infiel podía ir un domingo a misa y al grupo a llorar un rato y ya estaba listo para entrar al reino de los cielos? Y yo que no maltrato a nadie ni engaño a mi pareja, ¿voy a condenarme por amar a una mujer? Ese cielo no me interesa”. (Ver: ¿Qué dice la Biblia realmente sobre la homosexualidad?).

Igual, dice, la condena ya estaba porque según la Biblia las personas negras ni siquiera tienen alma. “Y si a esto le sumamos ser marica, ni imaginarlo”. Empezó, entonces, a acercarse a creencias de matriz africana, como la religión Yoruba. (Ver: Totoya, una “guerrera” de la santería).

Cuando Jess llegó a Bogotá también se encontró con un racismo muy marcado que, en el colegio, era de las directivas para abajo. “Yo tengo una hermana un año mayor con la que estaba en el mismo grado. Después de haber tenido un cambio de ciudad, no me dejaron en el mismo salón con ella sino con gente que no conocía, porque supuestamente los profesores se confundían y no sabían quién era yo y quién mi hermana. Sin embargo, había un curso donde había unas gemelas y a ellas nunca las separaron”.

“Ahora no practico ninguna religión, solo intento ser una mejor persona”.

“En los colegios, cuando alguien se aparta de los mandatos sociales, se convierte en la persona que no tiene con quién pasar los descansos y de la que se escriben cosas en las puertas de los baños”.

Negra, maricona hijueputa”, “negra arepera”, “marimacha” y “machorra”, fueron algunos de los insultos que Jess recibió, al punto de que hubo compañeras que señalaron que ese comportamiento de sus compañeros estaba mal. “Me dijeron: ‘estamos contigo’ al ver que había gente que abiertamente se llamaba racista”. A esto se sumó que Jess no quería ir al colegio con la falda del uniforme porque sufría mucho con esta prenda, pero ni en la casa ni en el colegio se lo permitían. (Ver: Colegios: les llegó la hora de reconocer la diversidad sexual).

Durante algún tiempo Jess se preguntó: “¿si no me siento mujer, pero tampoco un hombre -y si solo existen estas dos posibilidades- qué soy?”. Fue así como llegó al concepto “identidades de género no binarias”, gracias a les Krudxs Cubensi, personas no binarias raperas y feministas de Cuba que viven en Estados Unidos. “Pude abrir mi visión de mundo y conocer que había más posibilidades de ser y de identificarse y que no tenía que escoger entre ‘hombre’ o ‘mujer’”. (Ver: Alanis Bello: no quiero ser un hombre ni una mujer).

Sin embargo, ser una persona no binaria implica en la cotidianidad, en ciudades como Bogotá, recibir miradas incómodas e insultos. “Las personas como yo cuestionamos el deseo de libertad que todas las personas tenemos y que, por presión social, muchas reprimen. Entonces, al ver personas viviendo libremente, hay gente que quiere decirnos: ¿quién les dio permiso de ser tan libres y yo por qué no puedo serlo? Venga y se mete en la caja que le corresponde en vez de andar haciendo lo que le da la gana y además rompiéndome la cabeza porque no sé si eres un hombre o una mujer”. (Ver: Andy Panziera: no ser un hombre ni una mujer).

Ese poder que asumen algunas personas sobre quienes perciben “fuera de la norma”, les hace sentirse legitimadas a insultarles por la calle. “Sienten que están por encima de uno. Una vez mi hermana iba de pie sosteniéndose de la barra de Transmilenio cerca de un señor. En algún momento las manos de los dos se rosaron, y el señor la quitó diciendo: ‘qué asco, una negra’, evidenciando que se sentía con la superioridad o el poder para insultarla”.

Jess
“Cuando entré a la universidad, encontré un grupo grande, muy visible y respetado de mujeres diversas al que me acerqué”. Carolina Urueta para Sentiido.

Hay miradas y palabras que hieren, que dejan huella. “Pero si uno se arma de amor propio cada vez importan menos. Además, ser una persona negra me ha venido preparando para esto porque desde el momento cero te están tirando mierda. Desde niña estoy peleando para que la gente blanco mestiza me respete. Tanta violencia que recibimos me ha dado un súper poder para ser yo libremente”. (Ver: La sanación emocional).

Hoy Jess, después de un profundo trabajo espiritual y emocional, puede decir: “no me importa lo que el resto del mundo piense o diga de mí. Voy a ser yo sin pedir permiso ni dar explicaciones”. En todo caso, le gusta el shock que despierta: cuando alguien le conoce, de inmediato le trata en masculino: “caballero”. Y luego, por algo que notan, le dicen: “ay, perdón, señorita”. Sigue pasando que las identidades de género que se salen de lo tradicional sobrepasan a muchas personas. “Son percibidas como sospechosas y más aún si son negras”. (Ver: Ni hombre ni mujer: persona no binaria).

Esto fue evidente durante la medida de “pico y género” establecida por la Alcaldía de Bogotá entre el 8 de abril y el 11 de mayo de 2020 para disminuir la propagación del Covid 19. Por esos días, cuando Jess salía con Verónica Cristancho, su pareja, les paraban. “Verónica también se sale de las normas de lo que socialmente se considera ser mujer: no tiene pelo, tiene barba y tetas grandes”. (Ver: Prejuicios y estereotipos, los problemas detrás del “pico y género”).

No es que las miradas y los insultos no me afecten, pero tengo unas herramientas de resiliencia que me permiten ser yo libremente”.

Durante la medida de Pico y Género, un día sacaron a Jess de un establecimiento y otro, le impidieron el ingreso.

La policía les detenía todo el tiempo, les pedía la cédula y les trataba mal. “Una vez íbamos caminando cerca de una persona diversa blanco mestiza -con quien nos dimos esa mirada de complicidad de personas raras- pero como no era negra, pasó al lado de la policía y no le dijeron nada, pero a Verónica y a mí sí nos pararon y nos trataron en masculino. Cuando vieron nuestras cédulas, la respuesta fue: ‘ah, sí, están en su día’”. (Ver: Covid-19 y personas LGBT: respuestas a preguntas frecuentes).

En otra ocasión, con todo el susto del mundo, Jess tuvo que salir en un día de “pico y género” que les correspondía a los hombres. “Mi miedo siempre es si un grupo de hombres me lee en femenino y quieren golpearme o hacerme una de las mal llamadas ‘violaciones correctivas’”. Le pidieron la cédula y le mandaron para la casa. “El pico y género legitimó la vigilancia del género que tanta gente tiene en su cabeza, tuvieron un respaldo legal para hacer lo que siempre han hecho”.

Otro tema espinoso ha sido su familia, especialmente su mamá y sus hermanos hombres. “Es duro cuando la familia entra en una negación que se evidencia en el lenguaje, cuando por ejemplo mi mamá me llama por el nombre que ella eligió”:

– Mamá, me llamo Jess 
– Pero es que yo te puse el nombre por el que te digo y tú eres mi hija 
– No solo no me gusta que me llames de una manera que no elegí, sino que es una falta de respeto 

Su mamá nunca le había dicho “nena” y ahora es: “nena, ¿quieres café?”, “nena, tal cosa”. “Hasta que un día tuve que decirle: “ma, ¿de dónde salen tantos ‘nena’, ‘mija’, ‘hijita’ o ‘hermosa’, si nunca me has tratado de esa manera. Esa estrategia tuya no va a funcionar y lo que vas a lograr es que me aleje”. Después de esa conversación, las cosas han cambiado. (Ver: “Dejemos de decir que no queremos hijos LGBT”).

De hecho, hubo un tiempo en el que su mamá se acostumbró a verle de traje y corbata, prendas que Jess usaba en un trabajo anterior. Cuando renunció, dejó de ponérselas. “Recuerdo que mi mamá me decía: ahora andas super desarreglada, te la pasas en camiseta y sudadera, ¿dónde quedaron las camisas y las corbatas? Me llamaba la atención que ella intentaba meterme en otra caja de la que yo estaba intentando escapar. Algo así como: si va a vestirse como un hombre, pues que sea como un hombre decente, lo raro también tiene sus normas”.

Jess también señala que cuando una persona se desprende de categorías como “hombre” y “mujer”, muchas veces deja atrás otras como “gay”, “lesbiana” o “bisexual” porque son orientaciones sexuales definidas a partir de identificarse como hombre o como mujer. “Si uno se sale de una caja no es para meterse en otra. Me identifico como queer porque ahí tenemos espacio quienes nos salimos de la norma blanca, heterosexual y cisgénero”. (Ver: Queer para dummies).

“Si una persona se queda un lugar intermedio, le preguntan: ¿al fin qué: hombre o mujer? yo no quiero escoger”.

“Siento orgullo de estar lejos de una norma que nunca ha pensado en mí”.

Jess

Jess sabe que las palabras “gay”, “lesbiana” o “bisexual” les han permitido a muchas personas darle un nombre a lo que sienten. Y que, incluso, gracias a esas categorías hoy puede identificarse como una persona no binaria, aunque preferiría un término indígena como “dos espíritus”. “Pero la pregunta es: ¿quiénes crean esas categorías, para quiénes y con qué fines? ¿están pensando en personas como yo? Yo habló desde mi rincón de persona negra, no binaria y no heterosexual. (Ver: Nix: mi lucha es ser yo, mi esencia).

Entre los 15 y los 20 años, cuando Jess se reconocía como una mujer lesbiana masculina, terminó por reproducir comportamientos machistas. “Yo pensaba que por ser lesbiana masculina debía salir con mujeres muy femeninas. Recuerdo haber rechazado a un par de mujeres masculinas como yo, simplemente porque pensaba que esto no podía ser. Menos mal uno cambia. Qué triste haberme perdido de esas experiencias de vida por esos estereotipos”. (Ver: ¿Dónde están las lesbianas?).

Jess no desconoce que la atracción existe y que a cada quien le gustan más unas personas que otras, pero el problema es cerrarse a alguien por prejuicios. A esto se suma que Jess empezó a sentir que para poder compartir libremente con personas maricas era necesario estar en ciertos espacios de Bogotá, particularmente en Chapinero. “Pero resulta que esos lugares LGBT son para personas blancas, mestizas y muchas de ellas racistas. Allí usualmente yo era la única persona negra, si éramos dos o tres era mucho y normalmente del mismo combo”. (Ver: Derecho de admisión vs. discriminación en bares LGBT).

Eso hizo que se alejara de esos espacios que debía considerar seguros, pero que sintió hasta más violentos que otros. “Cuando una persona como yo va a un bar frecuentado mayoritariamente por parejas heterosexuales, uno intuye qué puede pasar, pero no se imagina que esto le pase en espacios que se espera sean seguros para personas negras y maricas”. (Ver: “Yo no soy gay: soy marica, una loca de Montería”).

Por otro lado, agrega, la mayoría de espacios afro en Bogotá son heterosexuales. “Allá nadie cuestiona mi existencia, pero sí mi maricada“. Según Jess, no puede quitarse lo afro para ser marica un rato o quitarse lo marica para ser afro un rato. “Estaba siempre esa sensación de tener que dividirme”. De esta experiencia nació Posá Suto que en lengua palenquera traduce “nuestra casa”, espacio que Jess y Verónica lideran, pensando en personas negras maricas de Bogotá aunque la virtualidad les ha permitido llegar a más gente. (Ver: Cuando nos volvamos a encontrar).

Querían tener un espacio físico al que la gente negra marica pudiera asistir y sentirse a gusto. Le apuestan al arte como método de sanación y de rescate de las tradiciones negras. Tienen un espacio llamado “maricrófono” o de micrófono abierto, talleres de escritura, baile, música, fotografía y dibujo, así como cine foros de películas de temática negra y queer y una escuela de reconocimiento y empoderamiento del cuerpo y de salud sexual y reproductiva. (Ver: 10 dudas básicas sobre lo queer).

Uno de nuestros objetivos es sensibilizar a la comunidad negra sobre la diversidad sexual y de género porque se tiene la idea de que las personas negras son cisgénero y heterosexuales, pero las maricas estamos y contamos. Así como participamos en las marchas y reclamos de las personas negras también esperamos que ellas participen en las marchas y reclamos de las personas negras maricas”. (Ver: La verdadera diversidad LGBT).

“Aprender sobre identidades no binarias es un trabajo de cada quien y no una tarea que deban asumir las personas no binarias”.

Jess
“Ni puedo ni me interesa quitarme el color de mi piel o mi maricada”, Jess Castaño Cuadros. Ilustración: Carolina Urueta para Sentiido.

La gran recomendación de Jess es que cada quien se cuestione los privilegios que tiene por identidad de género, orientación sexual y color de piel. “Cada persona debería preguntarse con cuántas personas trans, no binarias y negras trabaja o se relaciona con frecuencia. Si no hay ninguna, hay un problema a resolver”. En cuanto al trato a las personas no binarias, Jess sugiere preguntar sus pronombres de manera respetuosa. “No es preguntarle si es trans o si se va a operar sino solamente los pronombres que prefiere”. (Ver: Adiós a los privilegios absurdos, bienvenida la diversidad).

Jess disfruta viendo que cada vez más las nuevas generaciones dejan atrás las etiquetas en cuanto a género. “Ya tenemos suficiente de este mundo binario que pone a unas personas por encima de otras, jerarquías que solo causan feminicidios y discriminacionesNecesitamos un mundo con mayor libertad, más felicidad, más trabajo en equipo y menos individualista”. (Ver: Geras: habito en él y en ella, con los dos me identifico).

Para esto, dice, falta un paso previo: desmantelar las prácticas racistas y de superioridad, trabajo que les corresponde hacer a las personas blancas y mestizas, pero que a muchas no les interesa. El camino es llegar al punto de que la gente no se pregunte por el género de quien tiene al frente, sino que simplemente vea un ser humano con igual dignidad y respeto.

El especial #SoyYo identidades no binarias, fue posible gracias al apoyo de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung Colombia.

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